Por Antonio Rosselot
30 octubre, 2019

Ray Boutwell sentía que su hobby de pintar no lo desafiaba lo suficiente. Y aunque decidió jubilar hace unos años, eso no fue impedimento para que abriera su propia pastelería a una avanzada edad.

Cuando pensamos en jubilación, generalmente lo asociamos a una palabra: relajo. Después de miles de años levantándote temprano para ir a trabajar, ya es hora de descansar, tomarte un par de vacaciones al año, dedicar tiempo a tus hobbies o mirar telenovelas todo el día.

Pero Ray Boutwell, un caballero de 93 años de Nueva Jersey (EE.UU), decidió que descansar era para los aburridos y, después de años de merecido reposo, abrió su propia pastelería de cupcakes «borrachos». Sí, cupcakes con sabor a cócteles.

Rosana Mawson

En entrevista con Today, Boutwell contó que tomó la decisión de empezar su propio negocio después de que su mujer falleciera, además de aburrirse de pintar, su hobby hasta ese minuto. Y todo surgió con una pregunta: «¿Por qué no?»

Ray siempre ha sido un amante de la cocina, desde la época en que miraba a su madre cocinar para él y sus nueve hermanos en casa. Además, durante el tiempo en que estuvo en la Marina de EE.UU trabajó como cocinero, así que fue ganando experiencia desde muy joven.

Rosana Mawson

Después de pasar por la Marina, Ray entró a una escuela de cocina y comenzó a trabajar en pastelerías a los 22 años, en un ciclo que duró ni más ni menos que 53 años. Pero incluso luego de jubilarse no era capaz de quedarse quieto, lo que sumado a la triste muerte de su mujer, lo hizo buscar la distracción en la pintura. Sin embargo, comenta que el arte «no lo estaba desafiando lo suficiente».

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Así fue como Ray’s Boozy Cupcakes vio la luz a mediados de este año. Ubicada en Voorhees (Nueva Jersey), esta peculiar pastelería tiene cupcakes con nueve sabores distintos: Daiquiri Fresa-Plátano, Tequila Sunrise, Fireball Chocolatoso, Cappuccino-Kahlua, Brandy de Manzana, Vodka de Arándanos, Piña Colada, Schnapps de Melocotón y Sex on the Beach. A su vez, tiene opciones para los que no beben: un pequeño set de cupcakes sin alcohol, por un precio de 2,5 dólares.

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Pero lo que importa allí no son los cupcakes, sino que el pastelero, un hombre con años de experiencia y que, a sus 93 años, aún tiene mucho por entregar al mundo.