Por Lucas Rodríguez
31 marzo, 2020

Inga y Karsten, ambos mayores de 80 años, valoran sus compromisos por sobre cualquier cosa. No ha pasado un día sin que se vean.

No hay cómo evitarlo: algo tan grande y mundial como una pandemia va a alterar la vida de todos. Especialmente luego de que la medida principal que ha sido decretada en casi todos los países es quedarse en casa, la vida normal de todos y cada uno de los habitantes del planeta (salvo que tengas la suerte de vivir en una de las pocas islas que no han visto un solo contagiado) ha debido cambiar drásticamente. La mayoría de las personas han recurrido al recurso de las videollamadas para mantener algún semblante de vida social; especialmente si la cuarentena te encontró viviendo solo o con un compañero de vivienda del que ya estás un poco harto.

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Cada uno consigue la solución que puede. Esa es sin dudas que la lección que nos dejó una pareja de ancianos, cuya muy regular y adorable vida social se vio interrumpida drásticamente por el virus. Inga Rasmussen, de85 años, y Karsten Tüchsen Hansen, de 89, se reunían todas las tardes a tomar una taza de café, unos bizcochos y a veces incluso, uno que otro vaso de vino. Nada anormal hasta el momento, pero si agregamos el detalle de que ella vive en Dinamarca y él en Alemania, de seguro que vuelve las cosas un poco más especiales.

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Hay que tener en cuenta que ambos habitan pueblos fronterizos, ubicados a 20 minutos o menos del límite entre Alemania y Dinamarca. Pero cuando llegó el virus, las fronteras de sus países se cerraron, cortando sus reuniones. Pero ellos no se dejaron intimidar por esto: tomando el problema en sus manos, acordaron solucionarlo por su propia cuenta. Si la frontera no los dejaba pasar, ellos la convertirían en su lugar de reunión. No solo eso, sino que literalmente convirtieron la frontera misma, los bloques de cemento y valla divisoria, en su mesa. 

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Así es como desde el primer día de la cuarentena, la pareja de ancianos europeos se ha estado reuniendo literalmente en el impedimento de sus reuniones, para celebrar sus cafés. Si alguien buscaba una prueba de que la voluntad es la fuerza más poderosa que poseemos los seres humanos, no hay que ir más lejos que la historia de Inga Rasmussen y Karsten Tüchsen Hansen.

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Quizás todos podríamos aprender una lección de ellos: que no importa cuantas fronteras nos alejen, a veces podemos convertir estas mismas fronteras en nuestras mesas de café. O algo por el estilo.