Por Camilo Morales
26 noviembre, 2020

Los pedidos consistían en uno de $50 dólares y otro de $25 dólares, que en total hacían diez bolsas de comida rápida. Lo más curioso de todo: su madre no lo regañó. “Comí y me reí mucho (…) Fue el dinero mejor gastado jamás. Fue una verdadera terapia”, dijo la mujer.

Es común ver que los niños se ponen ansiosos por utilizar los celulares de sus padres, pero a veces eso puede resultar “catastrófico”. Eso fue lo que le ocurrió a una madre con su hijo en la ciudad de Recife, Brasil, cuando el menor de 3 años utilizó el celular de su progenitora para realizar un pedido por $75 dólares a McDonald’s a través de la aplicación móvil.

El niño, Luiz Antonio, aprovechó la oportunidad en que su madre, la publicista Raíssa Wanderley Andrade, de 32 años, llegó a su casa de una consulta médica y fue al baño. Ahí, Luiz, a quien lo apodan Tom, tomó el celular y se fue directo a la aplicación de la comida rápida para realizar un pedido, según informa G1 Globo. Al parecer, tenía hambre.

G1 Globo

La madre vio eso como algo normal, un niño utilizando el celular de su madre quizás para jugar. Pero luego la llamaron desde el edificio y le dijeron que tenía una entrega. “Pensé, primero, que me habían dejado algo. Incluso le pregunté a mi mamá, que estaba con nosotros, si sabía algo y me dijo que no. Entonces, pensé que podría haber sido Tom“, contó.

G1 Globo

Ahí la madre se dio cuenta que el niño había hecho dos pedidos, uno por $50 dólares y otro por $25 dólares, los que en total sumaban unos $75 dólares. La entrega consistía de diez bolsas con hamburguesas y milkshakes de McDonald’s, los que llegaron en un par de minutos hasta la puerta del edificio.

G1 Globo

Lejos de enojarse y reprender al niño, la madre cuenta que “Solo pude reír. Pasé más de dos horas riéndome de esta historia”. Además, el niño de 3 años aceptó de inmediato su travesura.

Pero ahora había que hacer algo con la comida. Esas diez bolsas no se podían comer solas. Es por eso que la mujer decidió repartir la comida. “Hubo un refrigerio para las nietas de un empleado de la familia, para la gente del edificio, que pensó que la historia era increíble, y para mí también. Comí y me reí mucho (…) Fue el dinero mejor gastado jamás. Fue una verdadera terapia“, cerró Wanderley Andrade.