Por Lucas Rodríguez
15 septiembre, 2020

“Tómate de mi hombro y subimos”, cuando el camino se puso demasiado empinado para remontarlo con solo piernas, la amabilidad llegó al rescate.

En este inolvidable (no por las mejores razones, pero inolvidable de todos modos) año 2020, nos dimos cuenta de lo importantes que son algunos servicios para nuestro día a día. En los años anteriores, pedir comida por delivery era algo que solo hacíamos cuando queríamos darnos un lujo. No era nada barato, además de que el servicio funcionaba más que nada para quienes querían comer los menús de un restaurant, sin tener que salir e invertir el tiempo en asistir al lugar físico. Cuando alguien se preguntó por qué no podía comer su comida preferida en el sillón de la casa viendo Netflix, fue el momento en que nacieron los repartidores. 

Unsplash

Pero cuando el coronavirus se comenzó a expandir, los expertos de la salud declararon la situación como una pandemia y tuvimos que soportar las duras cuarentenas que ahora de a poco en poco comienzan a aflojarse, nos dimos cuenta que dejar nuestras compras, encargos e incluso, placeres en manos de los esforzados y leales repartidores, era algo de lo que no podíamos prescindir. 

Unsplash

Lo que no consideramos, es que en muchas ocasiones estos jóvenes tenían que soportar no solo las condiciones climáticas de los países que pasaron sus cuarentenas en invierno, sino que también, las condiciones de las ciudades. Especialmente cuando estamos hablando de las grandes urbes latinoamericanas, que en muchos casos, no contaron con muchos planes y se construyeron en los falderos de las montañas. 

Unsplash

Quienes repartían en bicicleta fueron quienes más sufrieron por esto. A veces los pedidos los hacían subir hacia barrios en altura, repletos de complicadas calles y avenidas empinadas.

@eldocetv

Enfrentado a una situación como esta, un repartidor en Córdoba, Argentina, recibió una inesperada ayuda.

@eldocetv

Resulta que otro repartidor, solo que este en motocicleta, se le acercó para ofrecerle su ayuda. Dado que contaba con un vehículo a motor, este repartidor solo tendría que armarse de paciencia. Ofreciéndole su hombro al compañero en bicicleta, lo invitó a que subieran juntos. 

Un conductor grabó la ejemplar escena, destacando un detalle que fue el que hizo toda la diferencia: los dos repartidores eran de distintas compañías. Puede que sus jefes compitieran por llevarse la mayor cantidad de clientes, pero para ellos, no había diferencia entre quienes se vestían de rojo y quienes de verdad: todos estaban en las calles intentando ganarse su sueldo.