Por Antonio Rosselot
5 mayo, 2020

Ben Brown (Pensilvania, EE.UU) vendía la mayoría de su leche a una planta de lácteos local, pero cuando le avisaron que ya no le comprarían por la crisis del COVID-19, decidió pasteurizar y embotellar los 12 ordeños que le sobraron y venderlos en su granja en vez de botarlos a la basura. La respuesta de la gente fue masiva: ¡la fila de autos se pierde de vista!

Tal como muchas de las familias que han sufrido por la falta de trabajo y recursos en esta era del coronavirus, Ben Brown, oriundo del condado de Fayette (Pensilvania, EE.UU), vio su negocio muy afectado.

Brown tiene su propia granja lechera llamada Whoa Nellie Dairy Farm, en la cual produce una porción de leche para vender él mismo y el grueso del resto se la vende directamente a una fábrica de lácteos, que les compra hace ya varios años.

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Por eso mismo, cuando a mediados de abril llamaron a Brown de la fábrica para avisarle que no les comprarían leche por la crisis, el hombre se vio en aprietos: 70 de sus 200 vacas estaban produciendo leche y si ésta no se vendía, debía botarse a la basura. Y no era una cantidad pequeña: tenía leche de un total de 12 ordeños.

Para lo que sucedió después se juntaron dos factores: el primero, que la granja de los Brown está activa desde el siglo XVIII, por lo tanto no querían quebrar y perder tantos años de historia; y el segundo factor es que Ben odia desperdiciar alimento.

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Dicho esto, los Brown se organizaron para vender toda la leche que les sobró en tan solo unos días, trabajando turnos de 24 horas para poder pasteurizar la gran cantidad de leche que les quedaba en la granja. La máquina de pasteurización sólo podía lidiar con 115 litros de leche, así que cuadraron sus días para tener espacios de venta en autoservicio y espacios de trabajo con la leche.

La familia anunció la venta de la leche en la cuenta de Facebook de la granja, y la publicación se fue esparciendo en los condados de Fayette y Westmoreland, donde se ubica el negocio de los Brown.

FB: Whoa Nellie Dairy

Tres días después, cuando abrieron al público, las bermas de la carretera por donde se accede a la granja estaban llenas de gente y la fila afuera del punto de venta tenía por lo menos a 20 personas en espera, que venían a comprar también quesos, crema ácida, jarabe de arce y otros productos naturales de la zona.

Luego de la venta de ese día martes, Brown quedó tremendamente cansado después de estar un día completo trabajando. Dijo no saber cuántos litros de leche logró vender, pero que creía que eran cientos. Sin embargo, lo que más lo impactó fue ver a tanta gente esperando comprar su producto.

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Y esto, gente, es para que recordemos la importancia de ayudar a los emprendedores rurales y productores locales. Son los que más sufren al depender del rigor de los compradores grandes, ¡así que nunca está demás echarles una mano cuando se pueda!