Por César Ruiz
31 diciembre, 2015

William Coley experimentó con bacterias al principio del siglo XIX con resultados extraordinarios.

La inmunoterapia, la cual intenta estimular el sistema inmunológico para rechazar y destruir tumores cancerosos, es el tratamiento de cáncer de vanguardia. Sin embargo, la idea se remonta a más de 100 años, cuando un joven cirujano estuvo dispuesto a hacer historia, pero sobre todo a pensar fuera de la caja.

Su nombre era William Coley, y al final del verano de 1890 se estaba preparando para examinar un nuevo paciente en Nueva York. Lo que no sabía era que la joven esperando iba a cambiar su vida y el futuro de la investigación del cáncer.

Su nombre era Elizabeth Dashiell, también conocida como Bessie. Tenía 17 años y se presentó quejándose de un problema con su mano. Parecía una lesión menor, sólo una pequeña protuberancia, pero no estaba mejorando, y ella sentía mucho dolor. Había visto a otros médicos, pero nadie podía diagnosticar el problema, dice el médico David Levine, director de archivos en el Hospital de Cirugía Especial en Nueva York.

Al principio Coley pensó que Bessie tenía una infección. Pero cuando tomó una biopsia, resultó ser un cáncer maligno y muy avanzado llamado sarcoma.

En aquellos días no había mucho que se pudiera hacer por ella y Coley hizo lo único que podía: amputarle el brazo derecho justo debajo del codo en un intento de detener la propagación de la enfermedad. Por desgracia no funcionó, y dentro de un mes el cáncer se había extendido “a los pulmones, al hígado y por todo su cuerpo.”

La muerte de Bessie impactó a Coley, pero también lo llevó a la acción, asegura Stephen Hall, quien escribió de él en su libro A Commotion in the Blood: Life, Death and the Immune System. 

William comenzó a buscar información sobre esta enfermedad hasta que descubrió a Fred Stein, un migrante alemán que había sido un paciente en el Hospital de Nueva York ocho años antes. Él tenía un tumor en el cuello que los médicos trataron de remover varias veces. Desafortunadamente para Stein, el tumor volvía y los médicos suponían que moriría de esa enfermedad.

Entonces Stein contrajo una grave infección de la piel causada por la bacteria estreptococo. “Parecía como que los días de Stein estaban contados”, dice Levine. Pero no murió. De hecho, su tumor desapareció y fue dado de alta. Coley se preguntó si después de tantos años, Stein aún podría estar vivo.

Así que tomó el rol de detective en 1891 y buscó a Stein hasta que lo encontró vivo y libre de cancer. 

¿Entonces por qué el cáncer de Stein desapareció después de tener una infección bacteriana? Coley especuló que la infección estreptocócica había invertido el cáncer. y se preguntó qué pasaría si trataba de reproducir el efecto mediante la inyección de bacterias a los pacientes de cáncer.

Su primera prueba fue con los enfermos más graves. El paciente piloto fue un italiano llamado Zola que al igual que Bessie Dashiell, sufría de sarcoma. Estaba tan enfermo que apenas podía comer o respirar. Primero Coley infectó a Zola con estreptococo en poca cantidad. Había poca respuesta. El médico decidió ser más agresivo y provocarle una infección más fuerte, a lo que Zola reaccionó enfermándose gravemente. Pero dentro de un día el tumor de Zola – que era del tamaño de una naranja- se comenzó a desintegrar. El hombre se recuperó completamente.

William siguió experimentando y refinando su uso de bacterias. Con el tiempo, él nombró al tratamiento como “Toxinas de Coley”.

El mundo celebraba sus esfuerzos pero la comunidad médica se mantenía escéptica. Luego en 1900 el interés por su tratamiento fue completamente eclipsado por la aparición de la radioterapia. Parecía que su legado había terminado.

Sin embargo, después de su muerte, su hija Helen Coley Nauts encontró unos 1.000 expedientes de pacientes que su padre había tratado con las Toxinas de Coley. Después de algunos años concluyó que las tasas de éxito en los casos eran extraordinarias.

Al no conseguir quien se interesara en la obra de su padre, decidió – a través de donaciones- poner el el Instituto de Investigación de Cáncer, dedicado a la comprensión del sistema inmunológico y su relación con el cáncer.

En más de 60 años, los investigadores han ampliado sus conocimientos sobre el sistema inmunológico de manera espectacular, lo cual está dando frutos. Los tratamientos que aprovechan la potencia del sistema inmunitario están ahora disponibles para una amplia gama de cánceres tales como el estómago, pulmón, leucemia, melanoma y riñón.

Jedd Wolchok, jefe del servicio de melanoma e inmunoterapia en el Centro de Cáncer Memorial Sloan Kettering, dice que cualquier tratamiento actual que explota el poder del sistema inmunológico para combatir el cáncer tiene que “inclinar su sombrero” a la obra de William Coley que comenzó hace más de 100 hace años.

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