Por Moisés Valenzuela
27 noviembre, 2018

“A mí me pegaban cuando era pequeño y no me sucedió nada malo”, podrían decir los más ingenuos.

Si tu hijo es muy pequeño como para entender en qué se equivocó, no le grites. Si tu hijo es lo suficientemente grande para hacerlo, pueden dialogar, entonces no le grites.

No les grites, nunca. Mucho menos los golpees.

Aquellos que consideran que haber sido golpeados en su niñez no tuvo consecuencias, probablemente admitir que estas prácticas violentas son aceptables sea la secuela más severa de todas.

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Y es que los maltratos en la infancia podrían no tener vuelta atrás. Según un estudio realizado por las universidades de Pittsburgh y de Michigan, existen cuatro principales consecuencias neurológicas y emocionales en los pequeños que son sometidos a este tipo de presiones.

1. Según el estudio, gritarle a un niño provoca que haya menor flujo sanguíneo hacia el cerebro y el cuerpo calloso, lo que une sus dos hemisferios. Ello puede alterar severamente el equilibrio emocional y la capacidad de atención de los pequeños.

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2. El grito siempre se asocia a situaciones de peligro, por ello, la hormona del estrés trabaja cada vez que existen situaciones de este tipo, predisponiendo el cuerpo y la mente de los niños a huir o a atacar. Ello genera tensión, dificultades para razonar y altos niveles de ansiedad. 

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3. Cuando a un niño se le grita, su autoestima se ve afectada. La sensación de rechazo implícita en un maltrato genera desconfianza y acrecienta los errores por sobre la corrección.

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4. Los comportamientos antisociales y violentos en niños, generalmente, son producto de un constante maltrato vivido previamente. Las mentiras, la depresión, los pleitos constantes son señales y consecuencias de una infancia marcada por altas presiones, gritos y abusos.

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Y aunque el estudio reconoce que los padres reproducen conductas violentas que también arrastran desde su infancia, o que es estrés liberándose con alguien cercano, lo cierto es que no debe permitirse. De ninguna manera.

La normalización de conductas violentas dentro de la familia es algo silencioso y más común de lo que creemos, escondiéndose tras los vínculos de confianza y parentesco. Aquellas situaciones, sin duda, son las más peligrosas.

Sobre el maltrato, prefiere el diálogo. Sobre el golpe, la conversación. Descarta las pequeñas conductas violentas de tu rutina, porque el grito se detiene cuando cierras la boca, pero las consecuencias pueden perseguir a las personas por el resto de sus vidas.

Si abrirás la boca para a gritar, mejor cállate.

 

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