Por Camila Cáceres
6 septiembre, 2017

El fin no justifica los medios.

La medicina tiene una triste historia de tomarse con ligereza su juramento de “no hacer daño”, sobre todo antes de la creación de códigos éticos más precisos que aseguran la integridad física y emocional de los pacientes. Los aberrantes “experimentos” llevados a cabo por médicos nazis en Alemania y Japón, aunque particularmente repugnantes, distan de ser las únicas marcas negras de esta noble profesión.

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En 1920, el psicólogo John B. Watson y su estudiante de pos-grado, Rosalie Rayner llevaron a cabo un perturbador experimento en la Universidad John Hopkins, con la aprobación de la época. Los resultados, de hecho, fueron publicados y celebrados por el Journal of Experimental Psychology, una eminente revista científica de la época.

Su sujeto de estudio fue un bebé de nueve meses a quien llamaron “Albert”.

Youtube / SaifPanday

John B. Watson era un fanático del condicionamiento clásico, también conocido como Pavloviano por su primer investigador, Ivan Pavlov, quien experimentó tocando una campana cada vez que alimentaba a su perro. Notó que el animal luego babeaba cada vez que oía la campana y desarrolló una teoría muy importante acerca del aprendizaje, pero con el tiempo ha recibido muchísimas correcciones gracias a posteriores investigaciones.

En términos simples, la idea es básicamente correcta, pero el asunto es mucho más complicado de lo que podían prever en el 1900.

Claro que en ese entonces, incluso traumatizar un niño no parecía particularmente grave.

Youtube / SaifPanday

Lo que hicieron estos investigadores fue presentar al niño con diferentes objetos para recibir una reacción “neutral”. Luego procederían a golpear fuertemente una barra metálica tras él cada vez que uno de estos objetos “neutrales” se le acercaban.

Estos objetos fueron una rata, un conejo, un perro, un mono, máscaras, algodón, lana y diarios en llamas.

Youtube / SaifPanday

Filmaron su experimento y el video ha sobrevivido como una de las cosas más extrañas y horribles que puedes hallar en Internet.

Como se puede apreciar en la filmación, el niño acaba aterrorizado de todas las superficies peludas, incluyendo juguetes. También muestra terror al ver una máscara de Santa Clos.

El experimento ha sido altamente criticado no sólo por el cuestionamiento ético de someter a un bebé de nueve meses a una literal traumatización asistida, sino porque no lo llevaron a cabo en más sujetos. No hubo medidas de control y comparación. ¿Qué tal si Albert tenía algún problema neurológico no identificado? ¿Qué tal si el niño ya estaba ‘condicionado’ para temer una cosa u otra?

Ahora es condenado al unísono por las comunidades médica y científica.

Quizá lo más perturbador es que jamás se hizo un seguimiento al niño. La identidad del pequeño Albert y su vida tras este experimento es un misterio que hasta la fecha nos inquieta.

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