Por Diego Aspillaga
13 diciembre, 2019

«Monkey Island», el lugar sin comida ni agua y donde decenas de monos fueron dejados para morir. Por suerte, Joseph Thomas ha dedicado 30 años de su vida a que eso no suceda. «Haré esto hasta que ellos mueran o muera yo», afirma orgulloso.

Se llama Monkey Island (Isla de los monos), queda en Liberia y es un lugar que parece ser sacado del set del Planeta de los Simios.

Danielle Paquette

Ahí, una colonia de 60 chimpancés que fueron utilizados para crueles experimentos, inyectados con varias enfermedades y sin ninguna habilidad para vivir fuera del cautiverio, fueron abandonados.

Los adorables simios formaron parte de crueles experimentos que científicos de Estados Unidos les realizaron para curar la hepatitis B. Inyectados con distintas enfermedades y encerrados desde su nacimiento, la vida de estos chimpancés no era fácil.

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Todo empeoró cuando un sangriento conflicto obligó a todos los científicos a abandonar el país. Los humanos se pusieron a salvo, los simios quedaron atrás.

Pero hubo un hombre que decidió quedarse con ellos. Desde sus 20 años, el liberiano Joseph Thomas trabajó como cuidador de estos animales en el laboratorio. A pesar del sufrimiento que les infringían en ese lugar, Joseph se encargaba de acariciarlos, contenerlos y alimentarlos. Él era su único aliado.

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Utilizando los medios que donaban distintas organizaciones para mantener el laboratorio y defendiendo las instalaciones con uñas y dientes, el hombre logró mantener a salvo a la colonia de simios durante el conflicto que dejó decenas de miles de muertos y desplazados.

Entrando a la década de los 2000, los movimientos animalistas habían logrado poner las pruebas con animales en el ojo de la polémica hasta que en el 2004, se estableció que ninguna compañía norteamericana seguiría usando simios para hacer experimentos.

Si bien era una muy buena noticia para los monos, esto también trajo otros problemas: ¿Qué hacer con los simios ahora?

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No podían ser liberados en la selva con el resto de la población de simios. No conocían las reglas sociales, no sabían cazar insectos o recoger frutas y, como la mayoría estaba infectada con hepatitis B, existía un gran riesgo de transmitir la enfermedad y causar una epidemia.

Además, existía el riesgo de que, debido a su crianza y familiaridad con los seres humanos, se acercaran sin cuidado a los cazadores furtivos, quienes no dudarían dos veces en asesinarlos a todos.

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La respuesta, entonces, fue derivarlos a una isla ubicada en las costas del océano Atlántico. Estos terrenos estaban desiertos y no contaban con comida para todos los chimpancés que ahí vivirían. Pero con la ayuda de Thomas, fundaciones, caridades y un poco de suerte, podrían sobrevivir y armar una sociedad. Desde que ellos llegaron, esa isla es conocida ahora como Monkey Island.

Según publicó el medio Greenwich Time, la ayuda económica proveniente de Estados unidos permitió alimentar a los animales hasta el año 2015, cuando el virus ébola arrasó con la población de Liberia, y las distintas organizaciones de caridad que los apoyaban pasaron a ayudar a las personas afectadas en vez de a los monos abandonados.

Joseph Thomas, por lo tanto, se vio obligado a pedir donaciones en puestos de comida y ferias de personas que luchaban contra la mortal enfermedad.

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De alguna manera, consiguió comida para a penas mantener a los animales, que luchaban por cada alimento que les iba a dejar cada dos días en bote junto a otros voluntarios. No era suficiente.

Contando la historia a quien la quisiera escuchar, Joseph comenzó a buscar ayuda nacional e internacional y, para su suerte, la fundación Humane Society escuchó su llamado de ayuda y ahora invierte cerca de 500.000 dólares en Monkey Island. El precio crece, eso sí, a medida que la colonia se hace más numerosa.

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Monkey Island es ahora una leyenda local, un verdadero «Planeta de los Simios» que tiene chimpancés furiosos, infectados y que viven en una sociedad propia alejada del resto del mundo. Pero Joseph conoce a sus simios, sus personalidades, sus nombres y su bondad.

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En la actualidad, los peludos habitantes de la isla esperan a Joseph cada dos días para saludarlo y alimentarse a su lado.

«Haré esto hasta que ellos mueran o muera yo», afirma orgulloso.

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Hoy, Monkey Island se muestra como un recordatorio del cruel precio del progreso médico, pero también del cariño y cuidado que un hombre demostró por cerca de 30 años hacia estos animales que sufrían.

 

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