Por Lucas Rodríguez
17 septiembre, 2019

No hay como una madre orgullosa, especialmente si estamos hablando de una madre felina.

Para los que tienen el corazón lo suficientemente grande como para guardar un poco de amor y cariño para todos los animales del mundo, encontrarse con una gata salvaje que se ve al mismo tiempo delgada pero hinchada por un embarazo, debe estar entre las situaciones que más angustia les deben causar. Eso le pasó a Vanessa, una rescatista de animales de Nueva York, quien notó que una tarde una felina se paseaba por su patio, olisqueando sus botes de basura y dándole laminados a todo lo que pudiera parecerle una comida.

Por supuesto que Vanessa contaba en su hogar con los implementos para darle algo de ayuda a este pequeña criatura. Con mucho cuidado y tacto, salió de su casa y le sirvió un plato de comida a la gata. Ella desconfió, como lo hacen siempre los animales salvajes, para después devorárselo sin que mediara un solo segundo de duda.

@the_boys_n_girls_of_the_bay

Vanessa notó de inmediato que la gata, a pesar de notarse bastante falta de alimento y nutrientes, cargaba con un estómago abultado por un embarazo. La gata terminó de comer y volvió a desaparecer, reapareciendo al día siguiente para pedir otro plato de comida. Al tercer día de esta dinámica, Vanessa se comenzó a preocupar: la gata ya no cargaba con sus crías, lo que solo podía significar que las había parido y se encontraban en algún rincón, cerca del lugar. 

Como una experimentada rescatista, Vanessa sabía que los gatitos no debían estar viviendo bajo las mejor condiciones. Pero la gata seguía siendo bastante arisca. Su única opción era apostar por el juego largo: intentar ganarse el favor de la gata y así poder llegar a sus cachorros.

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De el plato de comida que le dejaba por las noches, Vanessa pasó a alimentar a la gata 3 veces al día. De a poco se fue ganando su confianza, hasta que incluso se dejó acariciar. Ese momento fue el que marcó la caída del muro que las separaba, porque al día siguiente, la gata se paró frente a ella, como si le quisiera mostrar algo. 

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Vanessa siguió a la que ya era casi su mascota por un camino, hasta que dieron con un rincón aislado y protegido del mal tiempo. En una esquina, notó que había un grupito de pequeños gatitos a los que hace no mucho tiempo atrás les había salido su primer pelaje.

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Sabiendo que ya tenía la aprobación de la madre, Vanessa se puso manos a la obra: atrayendo a la madre protectora lejos de su nido por unos minutos, Vanessa tomó a los gatitos y los llevó hacia su casa, dejándolos en una camita que ya les tenía preparada. Envés de mostrarse agresiva, la gata entendió de inmediato que era por el bien de su pequeña familia. Siguiendo a Vanessa, se acomodó junto a sus hijos, lista para disfrutar de una vida más cómoda y segura. 

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Una buena madre sabe cuando pedir ayuda y cuando aceptarla si viene de otra madre.

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