Por Romina Bevilacqua
26 enero, 2016

No era un mito después de todo.

Durante cientos de años el ser humano ha escuchado historias de maravillosas ciudades antiguas, llenas de oro, ostentosas construcciones y ocultas en las profundidades de la selva. Son historias que han inspirado películas como «La ruta hacia El Dorado» (España) o «Camino hacia El Dorado» (Hispanoamérica), osadas expediciones e incluso documentales. Pero salvo por algunos casos aislados, estas historias no suelen ser más que eso: leyendas, mitos, cuentos que se han contado generación tras generación manteniendo el suspenso y la intriga de quien logre escucharlas y atrayendo a arqueólogos y exploradores de todo el mundo quienes viajan con la esperanza de hacer el hallazgo de sus vidas.

The-Road-to-El-Dorado-the-road-to-el-dorado-18326964-500-282
Escena de Camino hacia El Dorado

Pero esta vez, pareciera ser que la leyenda era real. O al menos parte de ella.

Contaba la leyenda que existía una casa blanca con una gran estatua de un mono escondidas bajo la vegetación, donde los indígenas se refugiaban de los conquistadores españoles. Una especie de Edén místico que alguna vez tuvo ostentosos interiores y del que nunca nadie lograba regresar. Atraído como todos por los cuentos de la Ciudad Blanca, también conocida como «La ciudad perdida del Dios mono», Steve Elkins decidió que se convertiría en uno más de los exploradores que emprenden viaje a través de la selva hondureña con la esperanza de encontrar la famosa ciudad. Claro que esta vez, sí la encontró.

pg-16-monkey-god-v2
Virgil Finlay

Basándose en la investigación realizada en 1940 por el explorador Theodore Morde y otros datos recopilados, inició una búsqueda implacable de la ciudad perdida. En ese entonces era 1994 y sus apuntes indicaban que Morde había encontrado la ciudad y había traído varios objetos del lugar para demostrarlo, pero que nunca había develado la ubicación por miedo a que fuera saqueada. El secreto lo llevó consigo a la tumba, cuando se suicidó.

Elkins buscó durante 20 años a pie y sobre el aire, pero no fue hasta 2012 –cuando comenzaron a grabar un documental– que dio con ella, todo gracias al uso de la tecnología moderna.

Captura-de-pantalla-2016-01-21-a-las-17.23.13
NatGeo

Sobrevolaban el terreno selvático de La Mosquitia en Honduras cuando llegaron a un valle. Utilizaban un método de detección remota conocida como LIDAR, que utiliza láseres pulsados para reconstruir imágenes en 3D de lo que se encuentra bajo el suelo y pronto comenzaron a ver vestigios de grandes plazas, pirámides y otras figuras aparentemente construidas por una antigua civilización.

Se reservaron la ubicación de sus hallazgos y en 2015 regresaron para inspeccionar el lugar. Al fin habían encontrado lo que parecía ser la ciudad oculta que se mencionaba en las historias populares de Honduras. Había una estatua llamada «were-jaguar» que representaba una figura humana y animal a la vez y vasijas con serpientes y buitres gravados. No se removió ningún objeto del lugar ni se reveló la ubicación de la ciudad perdida, para asegurarse de que todo estuviera igual cuando pudiesen regresar con el equipo adecuado para hacer una excavación arqueológica. Ese momento al fin ha llegado.

01lostcity-16x9.adapt.1190.1
Dave Yoder

Christopher Fisher, uno de los arqueólogos del equipo que se prepara para explorar los misteriosos vestigios de esta antigua civilización, señaló que se trataba de un escenario bastante peculiar que no ha sido perturbado y el equipo espera aprender de esta enigmática civilización de la que poco se sabe y de la que aún no están seguros si efectivamente se trata de la «Ciudad Blanca».

Puede interesarte