Por Daniela Morano
8 noviembre, 2018

Y no es la primera vez que Wicked tiene un gran día de spa preparado.

El amor entre un niño y su mascota es tan poderoso como el que existe entre madre e hijo. Quizás es porque los ven como un tierno peluche que se mueve, no estoy segura, pero algo hace de ese lazo un vínculo muy especial. El problema con esta peculiar amistad es que los niños en ocasiones no asimilan que no se trata de un humano más. El animal no puede, por ejemplo, sentarse a comer a la mesa, orinar en el inodoro, entrar a supermercados u otros lugares destinados al uso exclusivo de las personas.

La pequeña Harriet, de 3 años, tiene como mejor amigo a un pony. Suena como el comienzo de la típica historia de película, donde una niña sueña con tener un pony como regalo de cumpleaños, e insiste e insiste a sus padres que le compren uno.

En el caso de Harriet, lo consiguió.

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Y como buenos mejores amigos, comparten todo. Incluido el baño. No sabemos si con ayuda de su hermana mayor o no, la niña llevó a su pony hasta el baño de la casa, donde planificó todo perfectamente para darle una ducha a su amigo Wicked.

“¿Harriet qué haces?”, le pregunta su mamá al entrar al baño. “Lo estoy bañando”, le responde ella mientras sostiene la ducha y el pony se mantiene estático, disfrutando de su día de spa.

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“No de nuevo…”, dice su mamá, quien mientras tanto llama a la hermana mayor de Harriet para mostrarle que una vez más se salió con las suyas.

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Una vez que termina de bañarlo, Harriet pone una toalla sobre Wicked y comienza a secarlo mientras su mamá se sorprende que el pony incluso ha sido atado al colgador de toallas.

Al menos parece haberse tomado toda la situación con mucha gracia.

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