Por Lucas Rodríguez
24 junio, 2020

Foxy tiene tres años, es enorme, pero sus dueños adoran lo suave que es con todos. Prueba de ello, es que incluso se preocupa de algo tan pequeño como una rana.

El archi famoso cuento de «El Gigante Egoísta», sentó las bases para un personaje que nunca dejará de aparecer tanto en las historias, como en la vida real. El gigante gentil, como se le conoce al personaje, es muy común entre las personas: todos conocemos a uno de aquellos que miden más de lo normal, pero que compensan ello con una generosidad y sensibilidad especial, como si vivieran mareados por la falta de oxígeno.

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Lo interesante, es que el mismo principio ocurre también en el reino animal. Para qué hablar de los elefantes, famosos por su temperamento gentil y tendencia a hacer todo lentamente. Pero este principio también aplica entre la misma especie.

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Sin ir más lejos, tenemos el caso de Foxtrot, o Foxy , un labrador newfoundland. Grande, grueso y de un pelaje azabache que nadie se aguanta de abrazar, el tierno Foxy es el más querido de su familia. Adora jugar con los niños, acompañar a los adultos e incluso, sus dueños dicen que es más probable que las cosas lo asusten, a que lo hagan enojar. 

Rachel Koscelek

De entre los muchos compañeros de juego que tiene, Foxy ya decidió cuál es su preferido. Una noche, sus dueños lo vieron echado en el centro del patio. Creyeron que dormía, pero la verdad es que estaba inmóvil no por el sueño, sino que por la fascinación.

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Foxy había encontrado un nuevo amigo. Se trataba de una pequeña ranita, una de las tantas que vivían en el jardín de la familia. Ellos contaron a The Dodo, que luego de ese día, Foxy comenzó a pasar cada vez más tiempo en compañía de la ranita. Lo más impresionante de todo, es que el pequeño anfibio nunca sintió miedo. Todo lo contrario: se quedaba tranquila, segura en la presencia del enorme perro. 

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Todo iba bien, hasta que un día la ranita (apodado «Froggo» por los dueños de Foxy), dejó de aparecer. El perro se vio notoriamente triste. Pasaron los días, y todo indicaba que esto había sido algo de una sola vez.

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Pero una noche, Foxy notó algo fuera de lo común. Corriendo al patio de entrada, se acostó junto al cemento. Sus dueños fueron a su lado, notando que el perro se había vuelto a sumir en el trance que solo la ranita era capaz de inducirle. Pues ahí estaba ella, en el camino de asfalto. La reunión duró toda la noche. Foxy no se movió de su lado durante un solo momento.

 

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