Por Pamela Silva
11 septiembre, 2018

Sus enfermedades hacen que mi vida tenga que girar en torno a él, pero ¿saben qué? No me importa, porque nunca había amado tan incondicionalmente a alguien como a él.

Desde que soy niña siempre quise un perro, pero a mi mamá no le gustaban. Hasta que un día, cuando tenía como 20, me dijo que la perra de una compañera de ella del trabajo iba a tener perritos y que si quería uno, obvio dije que sí. A los dos meses llegó Basky a la casa, chiquitito, asustadizo, pero muy tierno.

Un niño encantador:

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Desde el comienzo lidiar con él no fue sencillo, porque a pesar de que le gustaba mucho que le hicieras cariños no soportaba que lo tocáramos demasiado ni mucho menos que lo tomáramos.

Además, a los pocos meses comenzó a tener reacciones alérgicas en la piel. Como vivo en un lugar pequeño a las afueras de Santiago de Chile, la veterinaria no era la mejor del mundo. Así que ahí comenzaron a darle antibióticos y corticoides para lo que decían, posiblemente eran problemas hormonales.

Y como era un poco agresivo para su edad, decidimos castrarlo a los seis meses. Sin embargo, nada cambió y Basky siguió con problemas a la piel, volviéndose muy violento cada vez que alguien lo tocaba.

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Por conocidos llegamos a otra veterinaria y fue, no sé, la salvación más grande que viví. Para ese entonces Basky ya no solo tenía urticaria en la piel, sino que heridas profundas. En la primera sesión la doctora Fabiola dijo que lo más probable es que tuviera alergia alimentaria.

Le hicimos exámenes y efectivamente, Basky tenía una alergia alimentaria severa y necesitaba comer comida hipoalergénica, empezar un agresivo tratamiento con antibióticos para matar las bacterias de su piel, tomar anti-alérgicos y bañarse semanalmente con un shampoo especial.

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La doctora nos dijo que de haber seguido así, Basky habría muerto en un par de meses.

A pesar de que nos salía muy caro -no somos una familia de grandes recursos-, lográbamos comprar sus remedios, shampoo y comida, el problema era bañarlo. La alergia no tenía nada que ver con su violencia y cada vez que uno intentaba manipularlo para bañarlo reaccionaba de forma muy agresiva.

Semana tras semana lo llevaba a la veterinaria para que lo sedaran -que no era, en absoluto, un proceso sencillo- y que lo bañaran así, dormido. Además, con el tiempo descubrimos que Basky no solo tenía la alergia y el problema a la piel, sino que también que era muy, muy ansioso.

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Ahí empezamos a darle fluoxetina diariamente para controlar su ansiedad y bajaron sus niveles de agresividad, un poco. En esa misma veterinaria miércoles, viernes y sábado hacían terapias para perritos que tenían problemas para caminar, les faltaban patas o habían pasado por un accidente.

El doctor a cargo vio a mi perro, notó que caminaba raro y nos dijo que le hiciéramos un par de exámenes. Sucede que Basky tiene una displacía en la cadera y una enfermedad degenerativa en los huesos, que provocaba que teniendo tres años su cuerpo fuera como el de un perro viejito.

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Así que le dolía todo el cuerpo, todo el tiempo y por eso no le gustaba que la gente lo tocara y cada vez que alguien le intentaba hacer algo, reaccionaba muy, muy mal.

Empezamos una nueva terapia terapia, por casi un año estuvimos acudiendo cada sábado en la mañana por cuatro horas a la veterinaria para que le hicieran, lo que yo personalmente llamo, kinesiología para perritos. 

Basky en terapia | Pamela Silva

Poco a poco comenzó a estar mejor, comencé a ser capaz de bañarlo en casa sin tener que sedarlo, era más fácil revisarlo y practicarle cualquier examen/tratamiento que fuera necesario.

Con mi mamá llevamos casi dos años con el Basky en terapia, coordinando nuestra vida en torno a él -porque alguien siempre tiene que estar en la tarde en la casa, para darle de comer y después sus remedios-. Hay muchas cosas que no he podido hacer por cuidarlo, muchas fiestas que me perdí, viajes que no hice y amigos con los que no me junté.

Y nos gastamos una millonada en su alimento, remedios y terapias, ¿pero saben qué? No lo cambiaría por nada, no elegiría a otro perro aun si pudiera volver a ese día cuando fui a buscarlo.

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Porque Basky sabe cuando estoy triste, no me deja sola cada vez que me da un ataque de pánico y si siento que me estoy muriendo por una crisis de ansiedad, siempre está ahí acompañándome. Me hace reír, me gusta pelear con él porque odia salir a pasear y se está poniendo gordo, no recuerdo como era tomar siestas antes de que él llegara y creo que muy pocas veces había sentido un amor tan incondicional hacia alguien o de alguien.

Honestamente, ni siquiera me acuerdo como era mi vida antes de que llegara a la casa y me duele pensar que no va a durar mucho tiempo conmigo, que en un par de años su cuerpo sentirá demasiado dolor como para seguir jugando.

Pamela Silva

Así que lo único que me queda por hacer es disfrutarlo el tiempo que tengo con él sin arrepentirme nunca de haberlo hecho parte de mi familia.

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