Por Lucas Rodríguez
7 octubre, 2019

Fue el dueño del auto quien los rescató, quedando con la duda de cómo habían logrado entrar y dejar todo cerrado.

En estas latitudes más sureñas del mundo, estamos acostumbrados a que el mayor problema animal con el que nos podemos encontrar es que nuestro perro haya destrozado un cojín, el gato rompió un vaso o un ave extraña entró a nuestra casa y se comió las semillas que estábamos guardando para preparar una torta (excepto cuando los pumas deciden hacerle alguna visita a uno de sus vecinos). No estamos demasiado acostumbrados a que animales salvajes de gran tamaño y enormes dientes y garras formen parte de nuestro día a día, algo que para muchos habitantes de Norteamérica es una realidad tan común, que ni siquiera la consideran algo fuera de lo común. 

Excepto cuando uno de estas bestias es la que decide hacer algo fuera de lo común. O cuando, como en la historia de estos ositos, la curiosidad resulta más fuerte que su buen criterio.

WBIR-TV

La historia que recogió la emisora de noticias de Tennessee WBIR, es una que resulta muy tierna y bella, hasta que pensamos en todo lo que pudo haber salido mal si es que no hubiera salido todo lo bien que salió. Un repartidor había estacionado su van en el camino para llevar un encargo a la puerta de su cliente, nada fuera de lo común en el día a día de su trabajo. Mientras llenaban el papeleo y en casa de quien había encargado el paquete, notó que a lo lejos escuchaba una bocina de auto. 

Esta siguió sonando por aproximadamente 20 minutos más. Cada vez se estaba poniendo más molesta. El conductor se empezó a molestar, imaginando a un niño malcriado o su versión adulta tratando de llamar la atención. Se demoró en darse cuenta que la bocina pertenecía a su propio vehículo.

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Tuvo que terminar la entrega y volver a su van para conectar los puntos y entender de una buena vez por qué escuchaba esa bocina sonar por los bosques y por qué le sonaba tan familiar. Dentro de su vehículo, dos pequeños ositos habían logrado entrar y él no entendió cómo, quedarse encerrados. Procurando no asustar a los traviesos, les abrió la puerta. Los dos pequeños salieron corriendo de regreso al bosque, probablemente riéndose y lanzando high fives en al aire. 

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El conductor se sonrió y pensó en las probabilidades de que le hubiera ocurrido algo así. Pensar en los ositos tocando la bocina lo hizo reír. Pero toda su felicidad desapreció cuando cayó en la cuenta de que no había visto a la madre osa por ninguna parte. Quizás los osos estaban perdidos. O aun peor, la osa estaba cerca y si él hubiera llegado un minuto después, se hubiera topado de frente con una osa furiosa, lista para descargar toda su rabia en él. 

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Serán muy tiernos mientras sigan siendo cachorros, pero los osos son un animal aterrador. No entendemos cuál es la lógica detrás de los depredadores que nos parecen bellos. Una eterna trampa.

 

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