Por Lucas Rodríguez
29 julio, 2020

Chester, un cocker spaniel de 10 años, siempre está dispuesto a jugar. Se emociona al punto de que no se da cuenta que quien tiene al frente está hecho de acero.

Si hay algo por lo que debemos agradecer a nuestros ancestros, esa es la domesticación de los perros. Es cierto que inventos como la agricultura, la rueda o la cocina son fundamentales para la existencia de nuestra especie hoy en día, pero la verdad es que la vida no tendría ni la mitad de la gracia que tiene si no fuera porque la podemos compartir con estos holgazanes, juguetones y siempre fieles animales peludos. 

Youtube: Videlo

La cantidad de juegos y maneras de compartir con ellos que hemos conseguido inventar para compartir con nuestras mascotas, son tantas que necesitaríamos varias notas más para hablar detalladamente de cada una de ellas. Pero remitámonos a la más conocida de todas: traer la pelota. 

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El juego no tiene más ciencia que su propia descripción. Consiste básicamente en entrenar a nuestro perrito, para que si le lanzamos una pelota, el correrá a buscarla, para luego volver con ella en el hocico. Una vez la pelota vuelve a estar en nuestras manos, es hora de iniciar todo el proceso nuevamente. 

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Para el perro, lo divertido de esto es el impulso que le nace de salir corriendo detrás de esta pelota. Estira sus músculos, pone a prueba sus instintos de caza. Para nosotros, es ver a nuestras mascota salir hecho una bala detrás de la pelota de tenis que le robamos al vecino (no le digan, que aun no se entera).

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Pero si quitamos tanto la parte del lanzamiento, como la de la carrera del perro, quedamos con una actividad bastante extraña. Eso fue lo que registró una mujer del Reino Unido, Debby Taylor, al notar que su perro se acercaba a alguien para pedirle que le lanzara la pelota. El problema era que se alguien no solo no se sentía con energías para compartir el juego, sino que no era capaz de hacerlo. 

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Eso es porque el sujeto era una estatua de acero. El pobre perro con conseguía notar la diferencia. Sus ganas de jugar lo cegaban.

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El video dio para una divertida escena, aunque verla por demasiado tiempo termina por volverla triste. Tenemos que darle crédito a los ingleses, por volver aun más absurda una situación que ya lo es de por sí misma: cuando otra persona se acerca a la estatua, lo que hace es tomar la pelota y dejar en las manos del monumento. El perro se ve aun más confundido.

El humor inglés, suponemos. 

 

 

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