Por Diego Aspillaga
11 diciembre, 2019

Perdidos, solos y con terribles heridas, Kadiki y Bumi tenían los días contados en la feroz sabana africana. Gracias a la rápida acción de sus rescatistas, ahora disfrutan su segunda oportunidad de vivir.

Hacía mucho calor. La sequía en la extensa sabana africana hacia imposible encontrar un poco de agua o sombra para refugiarse del sol.

Tras ser atacada por un león cuando apenas tenía un día de vida, la pequeña Kadiki sufrió graves heridas en su cola y trompa, lo que no le permitía ser alimentada por su madre, la que no se veía por ningún lado.

Roger Allen

A kilómetros de ahí, Bumi, de un mes, gritaba de dolor. uno de sus pies se atoró en unas rocas hirviendo y las altas temperaturas acabarían con su vida en pocas horas.

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Estos pequeños y adorables elefantes no se conocían pero tenían una cosa en común: si no recibían ayuda pronto, no iban a sobrevivir.

Para su suerte, un grupo de voluntarios de la fundación Wild Is Life y de la Zimbabwe Elephant Nursery (ZEN) comandados por la veterana Roxy Danckwerts, de 53 años, los encontraron justo a tiempo y los salvaron de una muerte segura.

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Debido a su precaria condición, los pequeños elefantes debieron ser trasladados en avión a un establecimiento especializado para tratar sus heridas. El equipo de Roxy, ya encariñados con las crías, los acompañaron en su viaje de recuperación.

Kadiki, cuyo nombre significa “la pequeña” en el dialecto shona, tuvo que ver cómo amputaban parte de su cola e intentaban rescatar su trompa.

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Bumi, en tanto, ha tenido una recuperación tan buena que desde el hospital dicen que “está casi irreconocible”, “tiene una gran personalidad” y que le “encanta jugar”. 

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El proceso de recuperación fue largo y difícil, pero ambos elefantitos mostraron una fortaleza enorme que sorprendió a sus cuidadores. Unas semanas después de haberlos encontrado, la doctora Roxy Dankwerts ve orgullosa como ambas crías no solo sobrevivieron sino que están viviendo sus vidas al máximo, como cualquier elefante bebé debería hacerlo.

Ahora Kadiki y Bumi caminan y juegan juntos mientras los voluntarios siguen esforzándose para dejarlos en optimas condiciones para eventualmente “darlos de alta”.

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Estos pequeños demostraron unas ganas feroces de vivir. Si bien no se sabe qué pasó con sus madres, una cosa es cierta: Si estuvieran ahí, los mirarían con orgullo.

 

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