Por Romina Bevilacqua
22 octubre, 2014

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El reconocimiento público sobre el calentamiento global y la contaminación ambiental ha llevado a legisladores alrededor del mundo a negociar para reducir la emisión de gases invernaderos. Probablemente has escuchado a algunos legisladores sugerir impuestos sobre el carbono o tal vez, un impuesto sobre las emisiones de combustibles fósiles o tal vez hayas visto la animación narrada por Leonardo DiCaprio llamada «Carbon«.

Lo cierto es que esta medida ya es bastante popular alrededor del mundo. Pero antes que la palabra “impuesto” haga saltar las alarmas en tu cabeza, considera el efecto que los combustibles fósiles tienen en el ambiente. Son los causantes de la lluvia ácida, cambios climáticos globales y un sinfín de otros problemas. El impuesto sobre el carbono es una de las dos principales opciones para reducir las emisiones, siendo la otra opción los bonos por emisiones de carbono. Mientras el comercio de emisiones –da incentivos económicos para reducir las emisiones– es más popular entre políticos, para muchos economistas y consumidores el impuesto sobre el carbono es la mejor opción por su simplicidad e imparcialidad.

El impuesto al carbono es una forma de impuesto a la contaminación. Aplica una tarifa a la producción, distribución y uso de combustibles fósiles basada en la cantidad de carbono emitido por cierta combustión. El gobierno fija un precio por tonelada de carbono que después se traduce en impuestos a la electricidad, gas natural y petróleo. Debido a que el impuesto encarece el precio de del uso de combustibles fósiles, incentiva a individuos y empresas a disminuir su consumo y a aumentar su eficiencia energética. El impuesto al carbono también logra que las fuentes de energía alternativa se vuelvan más competitivas en relación a los combustibles fósiles generalmente más económicos como el carbón mineral, gas natural, entre otros.

El impuesto al carbono está basado en el principio económico de las externalidades negativas. Las externalidades son aquellos costos o beneficios generados por la producción de algún bien o servicio que no están considerados en el precio de mercado. Externalidades negativas son aquellos costos que no son compensados. Cuando empresas o personas consumen combustibles fósiles, generan contaminación que tiene un costo para la sociedad; todos sufren de los efectos de la contaminación. Los defensores del impuesto sobre el carbono creen que el precio de combustibles fósiles debiera incorporar estos costos para la sociedad. Explicándolo de forma más simple: si tú estás contaminando en perjuicio de todos los demás, debieras pagar por ello.

Entonces, ¿Qué tan bueno podría ser un impuesto sobre el carbono?

Beneficios del impuesto sobre el carbono

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1. Su principal propósito es reducir las emisiones de gas invernadero. El impuesto cobra una tarifa en combustibles fósiles basada en la cantidad de carbono emitido al ser quemado. Por lo que, en un intento de reducir el monto de la tarifa, empresas y personas tienen incentivos para reducir la cantidad de energía utilizada proveniente de combustibles fósiles. Un individuo puede a raíz de esto cambiar su forma de transportarse, comenzar a utilizar el transporte público y cambiar sus bombillas incandescentes por lámparas fluorescentes compactas, por ejemplo. Un negocio puede decidir aumentar su eficiencia energética instalando nuevos aparatos o actualizando sus sistemas de calefacción y refrigeración. Una empresa de servicios públicos puede empezar a usar depuradores húmedos, bajos quemadores de NOx o gasificación para reducir sus emisiones. Y como el impuesto al carbono pone un precio definitivo en el carbono, hay un retorno garantizado en costosas inversiones de eficiencia.

2. Un impuesto sobre el carbono también incentiva el uso de energías alternativas al hacerlas más económicas con respecto a la competencia. Al poner un impuesto en combustibles económicos y abundantes como el carbón, sube su precio de unidad británica termal (btu, medida de energía necesaria para elevar la temperatura de una libra de agua en un Fahrenheit).

3. No hay que olvidar también todo el dinero recaudado por el impuesto. Esta recaudación podría ayudar a subsidiar programas ambientales. Muchos defensores del impuesto sobre el carbono creen que se debería aplicar un impuesto progresivo. Esto significaría que una parte de la carga tributaria se desviaría de los ingresos tributarios federales y de los impuestos estatales sobre las ventas.

4. A economistas les gusta el impuesto sobre el carbono por su predictibilidad. El precio del carbono bajo el comercio de emisiones puede fluctuar de acuerdo a las condiciones económicas. Esto es porque el comercio de emisiones fija un límite de emisiones, no un precio definitivo. El impuesto sobre el carbono es estable. Negocios y empresas de servicios público sabrían el precio del carbono y hacia dónde se está moviendo y así, podrían invertir en fuentes de energía alternativas y en un aumento de eficiencia energética basándose en ese conocimiento.

Impuesto sobre el carbono parece ser suficientemente directo pero, ¿Cómo se determina esta tarifa realmente? ¿En qué momento se grava el impuesto?

Logística del impuesto sobre el carbono

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El carbono contenido en el petróleo, carbón y gas varía. Los defensores del impuesto sobre el carbono se proponen incentivar el uso eficiente de combustibles. Si todos los tipos de combustibles tuvieran un impuesto basado en peso o volumen, no habría incentivos para utilizar fuentes de energía más limpias como el gas natural sobre otras más sucias y económicas como el carbón. Por eso, para reflejar de mejor forma el contenido de carbono de un combustible, el impuesto debe estar basado en unidades calóricas btu – una forma estandarizada y cuantificable – en oposición de otras unidades como el peso o volumen.

Cada combustible tiene su propio contenido de carbono. El carbón bituminoso, por ejemplo, contiene una cantidad considerablemente mayor de carbono que la contenida en el carbón de lignito. Residuos de petróleo contienen más carbono que la gasolina. Por lo tanto, para una mayor eficiencia en la creación del impuesto, cada variedad de combustible debe tener su propia tasa basada en su contenido calórico Btu.

El impuesto sobre el carbono puede ser aplicado en diferentes puntos de la producción y el consumo. Algunos gravámenes apuntan a lo más alto de la cadena de distribución –la transacción entre productores como minas de cobre y pozos de petróleo y distribuidores como transportistas de carbón y refinadores de petróleo–. Algunos impuestos afectan a distribuidores como las compañías de petróleo y sus utilidades y otros afectan directamente a consumidores a través de facturas de electricidad. Diferentes impuestos sobre las emisiones de carbono, tanto reales como teóricas, apoyan distintos puntos de implementación.

El primer y  impuesto sobre el carbono que se aplicó en Estados Unidos, un impuesto municipal en Boulder, Colorado, apunta a los consumidores –dueños de casa y negocios–. Personas en Boulder pagan una tarifa basada en el número de horas kilowatt utilizadas en electricidad. Autoridades dicen que el impuesto asciende a una suma anual de 16 dólares en facturas de electricidad de dueños de casa y 46 dólares para empresas o negocios.

Como Boulder, Suecia también apunta su impuesto sobre el carbono en el consumo final. El impuesto nacional sobre el carbono cobra a propietarios una tasa completa y la reduce a la mitad de acuerdo a la industria. No se paga sobre las utilidades en absoluto. Como la mayoría del consumo energético de Suecia se utiliza en calor y porque el impuesto exime a aquellas energías renovables como las derivadas de plantas, la industria de biocombustibles ha florecido desde 1991.

Quebec comenzó a aplicar un impuesto sobre el petróleo, gas natural y carbón en octubre del año 2007. En vez de gravar a consumidores, Quebec grava a los intermediarios –compañías de energía y petróleo–. Sin embargo, aunque el impuesto está ubicado cerca de la parte superior de la cadena de distribución, las compañías pueden, y probablemente lo hacen, pasar parte del costo a consumidores cobrando más por energía.

Por lo general más fácil gravar el consumo que la producción ya que los consumidores, usualmente están más dispuestos a pagar unos 16 dólares extra al año en impuestos sobre el carbono de lo que están los productores. Impuestos sobre la producción también pueden ser económicamente perjudiciales y provocar que la energía doméstica se encarezca por sobre las importaciones extranjeras de energía. Por eso, la mayoría de los impuestos sobre el carbono existentes apuntan a consumidores o, en el caso de Quebec, a compañías de energía y petróleo.

El impuesto sobre el carbono tiene una historia irregular en Estados Unidos y alrededor del mundo. Es ampliamente aceptado solo en el norte de Europa –Dinamarca, Finlandia, los países Bajos, Noruega, Polonia y Suecia–.

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