Por Romina Bevilacqua
31 diciembre, 2014

*Este artículo fue escrito originalmente por George Monbiot, escritor y autor de diversos bestsellers; trabajó en la BBC y escribe para The Guardian.  

Muchos de los libros escritos para niños muy pequeños tratan sobre granjas; pero estos lugares alegres no tienen ninguna relación con la realidad de la producción’, dice George Monbiot.

¿Qué puedes decir sobre una sociedad cuya producción de alimentos debe ser escondida de la vista pública? ¿De una sociedad en la cual las granjas y mataderos que nos dan gran parte de nuestra dieta deban ser cuidadas como arsenales para prevenir que veamos lo que sucede dentro? Conspiramos con este encubrimiento: no queremos saber. Nos engañamos de una forma tan efectiva que gran parte del tiempo apenas nos damos cuenta de que estamos comiendo animales, incluso durante festines que ocurren pocas veces al año, como la Navidad, el cual ahora vagamente se puede distinguir del resto de las comidas del año.

Todo comienza con las historias que contamos. Muchos de los libros escritos para niños muy pequeños tratan sobre granjas; pero estos lugares alegres en los que los animales deambulan con libertad, como si pertenecieran a la familia del granjero, no tienen ninguna relación con la realidad de la producción. Los zoológicos a los que llevamos a nuestros hijos, donde pueden tocar a los animales, son solo otra parte de esas fantasías. Esta es tan solo una instancia de saneamiento de la niñez, en la cual ninguno de los tres cerditos es comido por el lobo y en la cual Jack se hace amigo del gigante pero, en este caso, tiene consecuencias.

El etiquetado también refuerza este engaño. Tal como lo hace notar Phillip Lymbery en su libro Farmageddon, si bien el método de producción debe mostrarse en las cajas de huevos en la Unión Europea, estas condiciones no se aplican para la carne o la leche. Etiquetas sin significado tales como “natural” y “frescos de granja” y otros símbolos sin valor nos distraen de la realidad de las unidades de producción de pollos y porquerías intensivas. Quizás la distracción más escandalosa es “alimentados con maíz”. La mayoría de los pollos y pavos comen maíz, y es algo malo, para nada bueno.

La tasa de crecimiento de los pollos de producción se ha cuadriplicado en los últimos 50 años: ahora se matan a las siete semanas. En ese momento, a menudo están paralizados por lo mucho que pesan. Los animales seleccionados por su obesidad causan obesidad. Los pollos criados para pesar mucho, escasamente capaces de moverse, sobrealimentados, y producidos en fábricas ahora contienen casi tres veces la grasa que contenían los pollos en 1970, y solo dos tercios de la proteína. Los cerdos de establo y ganado en corrales han sido sometidos a una transformación similar. ¿Producción de carne? No. Esto es producción de grasa.

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El poder mantener animales insalubres en cobertizos atestados requiere de muchísimos antibióticos. Estas drogas también promueven el crecimiento, un uso que sigue siendo legal en los Estados Unidos y que es generalizado en la Unión Europea, bajo el disfraz de control de enfermedades. En 1953, dice Lymberly, algunos diputados le advirtieron al Parlamento Inglés que esto podía causar el surgimiento de patógenos resistentes a enfermedades. Sus voces fueron calladas por la risa de los demás. Pero tenían razón.

Este sistema también está devastando la tierra y el mar. Los animales de granja consumen un tercio de la producción global de cereal, 90% de la soya triturada y 30% de los pescados. Si los granos que se usan para engordar a los animales alimentaran a personas, 1.3 billones de personas adicionales podrían ser alimentadas. Carne para los ricos significa hambre para los pobres.

Y lo que sale es tan malo como lo que entra. El desecho de las granjas industriales es usado ostensiblemente como fertilizante, pero a menudo en volúmenes más grandes que los que los cultivos pueden absorber: tierras cultivables son usadas como vertederos. Escurre a los ríos y al mar, creando zonas muertas que se extienden a veces por cientos de kilómetros. Lymbery informa que las playas en Brittany, donde hay 14 millones de cerdo, se ven tan cubiertas por mucha alga marina, cuyo crecimiento es promovido por el abono, que han tenido que ser cerradas porque representan un peligro letal: un trabajador que limpiaba la orilla de la playa murió aparentemente de envenenamiento de sulfuro de hidrógeno, causado por la descomposición de la alga. Esto una locura, y no se ve un fin en un futuro cercano o lejano: se espera que el número de ganado mundial aumente en un 70% para el 2050.

Hace cuatro años, suavicé mi posición sobre comer carne luego de leer el libro de Simon Fairlie Meat: A Benign Extravagance (Carne: Una Extravagancia Benigna). Fairlie destacaba que alrededor de la mitad del suministro mundial actual de carne no causaba pérdidas a la nutrición humana. Que de hecho aportaba una ganancia neta ya que provenía de animales que se alimentaban de carne y residuos de cultivos que las personas no pueden consumir.

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Desde entonces, dos cosas me han persuadido de que me equivoqué al cambiar de opinión. Lo primero es que mi artículo fue usado por los granjeros industriales como una reivindicación de sus monstruosas prácticas. Las sutiles distinciones que Fairlie y yo tratábamos de hacer resultaron ser vulnerables a ser tergiversadas. Lo segundo es que mientras investigaba para mi libro, Feral, me percaté de que nuestra percepción de carne para consumo también ha sido saneada.

Las colinas de Inglaterra han sido arrasadas –ya no tienen vegetación, vida animal, y se encuentran despojadas de su capacidad de mantener agua y carbono– todo por causa de una extensa producción. Es difícil pensar en alguna otra industria, quizás con la excepción de las empresas de limpieza de sedimentos, que tenga una tasa más alta de destrucción por la producción. Si bien el alimentar al ganado con granos es un desperdicio y muy destructivo, la ganadería podría ser incluso peor. La carne significa malas noticias, en casi todas las circunstancias.

Así que, ¿por qué no nos detenemos? Porque no sabemos los hechos, y porque lo encontramos difícil aún si los sabemos. Una encuesta llevada a cabo por el Consejo Humanitario de Investigación de los Estados Unidos reveló que sólo el 2% de los norteamericanos son vegetarianos o veganos, y que más de la mitad ha dejado de serlo dentro de un año. Eventualmente, el 84% de ellos renuncian. Uno de los motivos principales, según lo reveló la encuesta, es que las personas quieren encajar. Podemos saber que estamos actuando mal, pero cerramos nuestros oídos al problema y seguimos adelante.

Creo que un día la carne artificial será comercialmente viable, y eso cambiará las normas sociales. Cuando sea posible el comer carne sin mantener ganados y mataderos, la producción de animales para alimentos pronto será percibida como inaceptable. Pero es un largo camino. Hasta entonces, la mejor estrategia es quizás el fomentar a las personas para que coman como lo hacían nuestros ancestros. En vez de consumir carne de forma desmesurada en cada comida, deberíamos considerarlo un regalo extraordinario: un privilegio, no un derecho. Deberíamos reservar la carne para ocasiones especiales, como la Navidad, y aparte de eso no comer carne más de una vez al mes.

Todas las escuelas deberían llevar a sus alumnos a visitar una granja de cerdos o pollos, y a un matadero, donde puedan ser testigos de todas las etapas de la matanza y carnicería. ¿Te escandaliza esta sugerencia? Si es así, pregúntate a ti mismo contra qué estás objetando: ¿contra la elección informada o contra lo que revela? Si no podemos soportar ver qué es lo que estamos comiendo, no es la parte de ver la incorrecta sino la parte de comer.

Visto en: The Guardian

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