Por Lucas Rodríguez
16 enero, 2019

“Me acerqué a él con calma: estaba seguro que debía abandonar mi incomodidad y malestar antes de tocarlo. Acerqué una mano y la froté entre sus ojos, los que cerró con lentitud. Le prometí que todo iba a estar bien”.

A Carlos el caballo lo conocí en el bautizo de mi sobrina, un 19 de agosto como cualquier otro, salvo porque ese 19 de agosto conocí a un caballo maltratado. Tiraba una carreta que los padres de mi sobrina habían contratado para que los lleve a dar un vuelta en torno a la fuente de la iglesia. Yo tenía dolor de cabeza, había dormido mal y peleado con mi mujer. No estaba en posición de ver lo mejor del mundo. Aun así, la situación del animal me sorprendió. 

Autor desconocido, ayúdanos a encontrarlo

 

La boca de Carlos estaba ocupada forzosamente por un arnés sucio y viejo, goteante de óxido. Sus dientes parecían estar tratando de huir de aquella situación. Los hombros estaban encorvados hacia adelante. Su actitud era de paciente resignación, un prisionero desesperanzado.

Estaba en plan de acercarme a acariciarlo cuando fuimos llamados a la ceremonia. En medio de los abrazos de parientes, lancé una que otra mirada al caballo, como si de alguna manera mi lástima pudiera fortalecerlo, o como mínimo, aliviar su malestar. Un par de niños extraviados, de esos que parecen haber sido paridos por la misma tierra, se colaron a las premisas de la iglesia. Sin perder un segundo, se acercaron para acariciarlo. Sentí una chispa de felicidad. Pero al momento siguiente los niños se escabulleron asustados y yo entré a la iglesia, seguro de que el animal permanecería en su lugar, sufriendo.

Pixabay

Me ubiqué a un costado de los asientos, a una distancia lejana. Vi la cabeza de mi sobrina siendo sumergida en el agua, sobre un altar a un par de metros del suelo y otro par de metros de un vitral colorido, con Cristo arrojando su luz sobre todo tipo de criaturas, incluyendo conejos, sapos, pulpos y un agotado caballo. No podía sacármelo de la cabeza. Me vi obligado a abandonar la ceremonia. Ocupé una puerta secundaria para salir.

Carlos seguía ahí, la carreta amarrada a sus flancos y las espuelas clavadas a sus pies y el arnés hiriendo su dignidad. Me acerqué a él con calma: estaba seguro que debía abandonar mi incomodidad y malestar antes de tocarlo. Acerqué una mano y la froté entre sus ojos, los que cerró con lentitud. Le prometí que todo iba a estar bien. Que yo no iba a permitir que le ocurriera nada. Me rehusé a ofrecerle solo lo que sabía que era capaz de dar: mi compañía y afecto. Le pregunté por su vida y decidí nombrarlo Carlos. Lo acaricié hasta que se abrieron las puertas de la iglesia.

Mi hermano y su mujer salieron cargando a mi sobrina en brazos. Tuve la sensación de que la procesión completa se dirigía hacia mí. Mi confusión aumentó cuando los niños acercaron sus dedos al caballo. Mi sobrina que lo acariciaba niña comenzó a sollozar. Mirándose entre ellos, mi hermano y su mujer comprendieron que la lección había sido aprendida, por lo que tomaron el arnés, las riendas y todo lo que sostenía al animal y los soltaron.

Liberado de sus amarras, Carlos comenzó a andar, un paso lento tras otro, como si no tuviera apuro ni un lugar al que ir. Cuando cruzó el portón de la iglesia y tomó la calle en dirección al monte, noté que mi sobrina se reía y lo despedía con su mano. 

pixabay

Nunca más volví a ver a Carlos. O quizás sí, un montón de veces en todos los caballos maltratados con los que me he cruzado en mi vida.

Puede interesarte