Por Lucas Rodríguez
21 agosto, 2019

El animal fue rescatado por un batallón del ejército polaco. Lo consideraban “su hermano pequeño”.

Irán, 1941. Un batallón de soldados polacos pasaban por el país, cuando descubrieron a un pequeño oso abandonado. Cazadores de la zona habían acabado con su madre, dejando al cachorro abandonado a su suerte. Cortos de raciones y apremiados de tiempo, los soldados no estaban en la mejor posición para hacerse cargo de una mascota. Aun así, decidieron que no podía simplemente abandonar al osito.

Bautizado Wojtek, el cachorro se subió a los camiones con ellos. Algo que ellos esperaban fuera la historia de una peculiar mascota, terminó por convertirse en el relato de cómo sumaron a un muy importante miembro a su batallón. Uno que no solo estuvo en los peores momentos, sino que siempre se encargó de subir la moral de quienes se llegaron a considerar “sus hermanos”.

Youtube: The Story Behind

Teniendo en cuenta que todo esto ocurrió en los primeros días de la Segunda Guerra Mundial, la nueva vida de Wojtek no comenzó en el momento más feliz ni auspicioso. El batallón polaco estaba en constante movimiento, teniendo que muchas veces responder a complicados frente de batalla o misiones de rescate. Apenas contaban con la comida necesaria para suplirse a ellos mismos, menos aun, darle la alimentación que necesita a un cachorro de oso. 

Aun así, los soldados lograron conseguir leche y mantener una estricta dieta. No porque estuvieran en la guerra más terrible de la historia iban a dejar que su oso tuviera una mala dieta durante su crecimiento. Incluso le consiguieron un biberón.

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Cuando alcanzó la edad adulta, Wojtek ya compartía con los soldados como si fuera uno más de ellos. Gozaba jugando a la lucha con sus hermanos, quienes no tenían problemas en compartir los pequeños momentos de places que encontraban en medio del combate. Así fue como Wojtek se volvió fanático de la cerveza, además de entretenerse robando los cigarrillos de los soldados para masticarlos. 

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Aunque es cierto que eran tiempos más pragmáticos (especialmente si se tienen en cuenta que estaba en medio de una guerra), nada es más fuerte que la burocracia inglesa. Cuando el batallón de Wojtek fue comandado para unirse a una ofensiva del ejército británico, los ingleses les hicieron notar su estricta regla de “no animales en el frente”. 

Pero el batallón polaco no se iba a rendir tan fácil. Usando las mismas reglas de los ingleses contra ellos, volvieron a Wojtek un miembro oficial del batallón. Se le concedió el rango de “raso”, cosa de que se uniera a sus hermanos polacos en el frente de guerra.

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El batallón se unió a la que más tarde sería conocida como La Batalla de Monte Cassino, un sangriento combate ocurrido durante la campaña italiana de los Aliados. Aunque Wojtek no fue lanzado al campo de batalla para que lidiara con sus enemigos (de todas formas, su naturaleza pacífica no hubiera servido de mucho), sí fue fundamental para mantener bien alimentado a su batallón.  

Parándose en sus patas traseras, el oso soldado cargó con cajas de armamento pesadísimas, que de otra manera habrían requerido a más de diez hombres para llevar. Lo útil e impresionante que resultó su trabajo sirvió de inspiración para el que se transformó en el logo oficial del batallón.

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La batalla terminó con una victoria de los aliados. Por supuesto que todos sus hermanos atribuyeron su suerte a la invaluable ayude de Wojtek, quien incluso fue elevado de rango luego de la batalla. Su ayuda y apoyo moral había sido invaluable, pero de todas formas, los soldados consideraron que el frente militar no era un lugar para un animal.

Cuando el batallón fue descargado y enviado a Escocia, sus hermanos llevaron a Wojtek al zoológico de Edimburgo. El oso soldado pasó el resto de sus días bien cuidado en un zoológico de calidad mundial. Sus amigos y compañeros de armas lo visitaron con mucha regularidad durante toda su vida. Llevaban cerveza y entraban a jugar a las luchas con su hermano pequeño.

Wojtek murió a los 22 años de edad, luego de una pacífica vida en el zoológico de Edimburgo. Su leyenda fue inmortalizada en una estatua. Por supuesto que lo retrataron en su momento de mayor valentía: cargando las municiones que nadie más podría cargar. 

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Una historia así no ocurre dos veces.

 

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