Por Alejandro Basulto
23 junio, 2021

El adolescente argentino, Rodrigo Farías, es el integrante de una numerosa familia ubicado en un poblado de Entre Ríos, en la que previo a su invención sufrían la carencia de este preciado líquido natural.

En la aldea Farías, ubicada en la provincia de Entre Ríos, en Argentina, reside un joven de 16 años que a su cortad buscaba y no dejaba de perseverar hasta encontrar una manera de proveer de agua potable a la huerta de su numerosa familia. Se trata Rodrigo Farías, un adolescente que tiene 14 hermanos y que vive en un paraje junto a otras 30 familias. Estudiante argentino que cursa sus estudios de tercer año en la escuela rural secundaria Nº 14 “Palmas de Yatay”, en Raíces Oeste, del departamento Villaguay, donde ha adquirido conocimientos que ha sabido aplicar impecablemente.

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Rodrigo siempre había sido un joven muy tranquilo, que no ha tenido mayores inquietudes en su vida. Desde temprana edad ha asistido por la mañana a la escuela, que le queda a 4 kilómetros de su hogar acortando caminado entre los campos, para luego, terminadas sus clases, regresar a su casa para ayudar a su madre a sembrar, regar y sacar yuyos, mientras su papá realizaba trabajos de carpintería como fabricar sillas, mesas y butacas que después. Siendo tantos en la familia, desde pequeño cada hermano ha tenido que colaborar con algo en el hogar.

“Mi hermano más chiquito se encarga de dar de comer a las gallinas, Vilma, otra hermana, es la que cuida los animales y yo me encargo de la huerta, que aprendí de mi madre a quien siempre acompañaba”

– contó Rodrigo Farías a La Nación

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Lamentablemente, a fines del año 2019, un accidente de tránsito se llevó la vida de su madre y de un hermano suyo. Hecho que significó mucho dolor y que cambió la vida familiar, pero también una tragedia ante la cual Rodrigo decidió transformar su sufrimiento por la pérdida en crecimiento personal y homenaje para los difuntos, cuidando la huerta que tanto amó su mamá, y mejorarla, aumentando la superficie para sembrar.

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Fue así como trajo chilcas del monte y las cortó prolijamente, para luego cubrir el terreno y que así los animales no destruyeran sus cultivos. Sin embargo, todavía tenía que superar la carencia de agua dulce, ya que la había no servía mucho para sus fines agronómicos.

“Es muy salada y no servía para regar, por eso decidí hacer un pozo a ver si encontraba agua de la buena para mis sembrados. De hecho, nosotros tampoco la consumimos y teníamos que ir con bidones a buscar a un tanque comunitario”

– dijo Rodrigo

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Entonces este joven de 16 años se puso manos a la obra y tomó una pala para hacer un pozo de seis metros de profundidad hasta encontrar agua, que afortunadamente, era dulce. Puso una cañería de 110 centímetros y adentro una más fina, para luego pasarle una cuerda y cada 50 cm atarle unas gomitas. Más arriba, en la superficie, armó un sistema de bombeo manual con una polea y una rueda de bicicleta vieja que encontró tirada.

Finalmente, Rodrigo hizo la prueba, y su invento funcionó. No podía más de la alegría, y ya no tiene que ir día por medio a buscar agua del pozo comunitario. Ayudó a su familia y al huerto, como hubiera querido su mamá y su hermano.

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