Colaboración por María Ximena Claro
Daltónica por naturaleza, sensible y poco emotiva pero con un corazón espontáneo. Tengo mis propios monólogos frente al espejo y no me suelo mentir. Amo los días grises y le tengo fobia al calor. Sonrío como terapia y disfruto ver reír a los demás.

Los he alejado, pero no porque no los quiera, sino por todo lo contrario.

Después de un largo y frío tiempo, estoy sentada escribiendo una carta a muchas personas, quienes de alguna u otra manera han contribuido y/o aportado aspectos valiosos en mi proceso de aprendizaje y crecimiento. Yo los llamo amigos. Yo los llamo seres de luz que van iluminando el andar, unos de manera fija otros siendo intermitentes, otros con intensidad y unos tantos se ven un poco distantes, al punto que ha llegado a desaparecer, pero que en resumen lo que ha de importar es su oportuna y valiosa ayuda.

No sé si la mayoría me logre entender y de no hacerlo sólo pido no ser juzgada, pues el mantener relaciones interpersonales ha sido para mí de gran dificultad desde que tengo uso de razón, el lograr entender y respetar el ser homogéneo se ha convertido en un empate de cosas en mi cabeza, al punto de llevarme a tener crisis existenciales y todo como consecuencia de mi sensibilidad que siempre suele estar a flor de piel, pues aunque la mayoría no lo crea, soy un ser demasiado emocional, pero, emocionalmente retraído, pues con dificultad logro demostrar de manera espontánea mi sentir y pensar, lo que me ha privado del derecho a ser querida, mimada y consentida, pues ante una muestra mínima de afecto suelo reaccionar como un puercoespín.

Por eso, mis admirados amigos, han de tener claro que con gran dificultad he podido encarrilar una bonita y sincera amistad, porque a pesar de todo lo que he sido y soy, algo puedo tener seguro y es que si decidí abrir las puertas de mi corazón para escuchar y más aún para confiar es porque detrás de todo muy seguramente he encontrado seres de fuerza y corazones valientes a los cuales admiro y respeto notablemente. Las circunstancias de mi vida, las que muchos desconocen, me han llevado a alejarlos, pero no porque no los quiera a mi lado, sino por el contrario, simplemente los he ahuyentado bajo mi mismo argumento de no querer herirlos, del no querer destruirlos con las mireablezas de mi ser, buscando sólo entregarme a la soledad del espíritu y llegando a encerrarme en mi misma, sin más…

El genuino valor de la amistad, me ha llevado a recobrar las ganas de seguir, a sentirme apoyada, segura y capaz de lograr lo que me ha de parecer imposible. Los momentos compartidos han sido un valioso tesoro que guardo en lo poco que me queda de mente y en mi corazón, los cuales suelo sacar a flote en las noches de tristeza. La demencia sabía que ustedes me han trasmitido en ocasiones de suma angustia la he sabido recordar y más aún aplicar. Créanme, cada conversación idealista y altruista en búsqueda de la realización, del trazar un camino sin vacuidades y con actos venideros, no solo para nosotros, sino también para la sociedad me han sido de mucho provecho a tal punto que hasta el momento es lo más valioso que he podido tener. Gracias por las risas que me han regalado y las tantas que me han robado, también gracias por buscar mi hombro como apoyo y por ser mi paño de lágrimas, por no dejarme morir y no dejarme caer cuando creí estar vencida.

Si en ocasiones lesioné sus corazones no fue con dolosa intención, pues soy una mujer de acción y reacción, que poco piensa, que poco sabe de la importancia de la compañía del hombre en el confuso y pantanoso barro de la vida. Tiendo a entender y conocer del valor de las cosas cuando las he perdido. Espero y quiero pensar que aún no he perdido mis verdaderos amigos. Amigos de locuras, de inocencias, de momentos felices y de días lúgubres… Amigos de corazón.