Colaboración por Marcela Zúñiga Coudin
Creo firmemente que si uno logra inspirar a una persona, el viaje habrá valido la pena. Blog

¿Cuántos amores, amigos y oportunidades hemos perdido por “no ser el que da más” y por no dar un “primer paso”?

“El amor ahora es una carrera de egos”, le dijo un amigo a una amiga muy querida, conversando de relaciones el otro día.

Cuando mi amiga entre otras cosas, mencionó esa frase, en una mesa de cafés y de historias compartidas, me quedé absorta midiendo en mi mente; cuánta razón tenía el autor intelectual de ese sentimiento puesto en palabras. 

Recordé algunas historias de personas a las que conozco que han perdido amores, amigos y oportunidades por “no darse por menos” y por no dar un “primer paso”.

Parece que ahora y desde hace un tiempo, muchas otras cosas valen más que la transparencia y la honestidad para decir lo que sentimos y para luchar por lo que nos hace felices, si eso implica “poner abajo” o exponer nuestra vulnerabilidad. Ni pensarlo si implica aceptar que me equivoqué y tengo que ofrecer una disculpa.

Somos el espejo de los tiempos que vivimos. Estamos tan saturados de posibilidades y hay tanto a la mano, que desechar las cosas se ha vuelto un ritual, con el que cada día nos sentimos más cómodos.

Desarrollar productos para que estén obsoletos en corto plazo, se ha vuelto no sólo la estrategia de negocio de muchas marcas, sino que también se ha vuelto una costumbre a la que las personas le hemos ido perdiendo el miedo. 

Es la velocidad misma con la que avanza la vida y la tecnología, la que fuerza al mundo a adaptarse a girar cada vez más a prisa. Sabemos que todo se repone en un segundo y que con un poco de dinero y una buena conexión a internet, se resuelve casi todo.

No critico las maravillas que ya en mi generación hemos podido ver con respecto al avance de los tiempos y esta nueva forma de vivir la vida. Sólo quiero establecer la diferencia que tendremos con las generaciones que nunca van a haber vivido en un mundo donde todo era más “orgánico” y cuando las cosas se vivían de una manera más natural, empezando por las relaciones interpersonales.

Alguien muy querido me dijo hace unos días, algo así como: “tú y tu fascinación por lo orgánico”. Me hizo mucha gracia, porque pensé que me estaba molestando por usar la palabra como una muletilla, sin embargo lo que estaba haciendo era evidenciándome un concepto al que siempre me estoy refiriendo de manera insistente (como con todos los temas con los que tengo fijación, jeje).

Hablando de relaciones y de egos en conflicto, quiero mezclar el tema de hoy con este concepto de lo orgánico. Siento que aplica perfecto para explicar y para entender, cómo ha cambiado la manera de relacionarnos con los otros y con nosotros mismos, la pérdida de esa parte orgánica de las cosas.

Las relaciones ahora parecen ser desechables, igual que los productos electrónicos, si no sirve, que no estorbe. Si hay un desacuerdo o un problema, eso es motivo suficiente para echar por la borda lo que se ha caminado. Si hay diferencias en temas concretos, se polarizan los criterios, en vez de tratar de encontrarse un punto medio de acuerdo. La actitud que muchas veces premia, es la de no ser el primero en ceder o ser el último en dar el brazo a torcer.

Es una filosofía que muchos han ido adoptando. Algunos de manera voluntaria y otros porque así es como juega la mayoría de la gente, y las masas tienen lo suyo: logran marcar tendencias.

Muchas relaciones ahora no empiezan ni terminan, sólo son lo que va pasando y lo que el más sensato de los dos logre construir. Pero construir solo, es cansado y frustra.

¿Por qué tanto miedo al compromiso? ¿Por qué a algunos nos da pavor aceptar que estamos enamorados? ¿Cómo fue que nos criaron que no queremos comprometernos? ¿En qué momento se nos ocurrió que una relación se construye con miedos, distancia y por mensaje de texto?

Como me dijo Paul, un amigo fotógrafo al que admiro muchísimo: “no te había querido escribir un mensaje para comentarte sobre tal cosa, porque manda huevo que uno ya no pueda hablar por teléfono” (tal vez no me dijo eso exactamente, pero es lo que mi memoria puede transcribir y esa era la idea). 

Tiene toda la razón, ahora con un chat ya sentimos que estamos súper cerca de la persona y eso no es cierto. Nada afecta más una relación que la falta de presencia física y la interacción real entre dos seres humanos, o pongámoslo al revés: nada fortalece más una relación, que la posibilidad de compartir y de vivir experiencias juntos y en presencia uno del otro.

Pensemos por qué los amigos que hicimos en el colegio y en los 20’s siguen siendo nuestros amigos del alma. Porque todo era real, todo era en vivo, nada sustituía poder compartir tantas vivencias y construir tantos momentos. Nunca tuvimos que imaginar cómo estaba nadie. Lo buscábamos y lo llamábamos. Eran otras épocas y no teníamos tantas responsabilidades claramente, pero el valor del contacto es el tema aquí.

Volvamos los ojos y el corazón a lo “orgánico”. Puede que nos salve, de no seguir construyendo la era del amor y la amistad en los tiempos del ego y la distancia.