Por Paulina Flores
18 January, 2016

“La policía no podía hacer nada mientras no hubiera pruebas más concretas: la cerradura rota o forzada, algún robo o asalto con violencia”.

La vida está llena de misterios. Pese a los avances de la ciencia, las preguntas fundamentales sobre el humano, de dónde viene y a dónde va, no tiene explicación. Para qué hablar del amor, ese sentimiento que nos hace estar unidos con la persona amada por sobre todo: La siguiente historia, habla de amor, de pérdidas y de misterios:

“Mi querido Peti: Ha pasado tiempo, pero aún te sigo extrañando y amando. ¿Sentirás tú lo mismo?” Eso decía la primera nota que recibió mi amigo Nicolás. Estaba encima de su cama, un día de Mayo en que salió muy tarde del trabajo. Cuando me llamó por teléfono para contarme, su voz se oía temblorosa y me dijo que un escalofrío le recorrió la espalda cuando leyó el mensaje. ¿Quién es Peti?, le pregunté. “Soy yo, así es como me decía de cariño Isabel”. Entonces sentí, yo también, un escalofrío en la espalda: Isabel había sido novia de Nicolás hasta el día de su muerte, hace unos 6 años. 

Nicolás me pidió que nos juntáramos esa misma noche, estaba muy nervioso. En el bar donde nos reunimos, me contó el origen de su singular apodo: “Una tarde de domingo en que no teníamos nada que hacer con Isabel, nos quedamos en la tele viendo el National Geographic. El programa trataba de sobre la vida de los petirrojos, unos pajaritos pequeños muy graciosos que acostumbraban a salir del bosque y plantarse en mitad del camino para ver quién llegaba a su territorio. A Isabel le causó mucha risa y dijo que el petirrojo era tan curioso como yo. Ya sabes que siempre estoy a alerta y que me intereso por todo lo que pasa, sobre todo si son cosas que no entiendo bien…” Yo afirmé con la cabeza. A Nicolas lo conocía de niño y era cierto, siempre sintió curiosidad por el mundo que lo rodeaba. Supongo que por eso estudió física.

“Peti era una especie de clave que sólo ella y yo conocíamos”, continuó Nicolas. 

¿Qué crees que significa esa carta? ¿Quién crees que pudo escribirla?, pregunte yo.

“No sé, pero me asusta”.

A los tres días, mi celular volvió a sonar. Era Nicolás, había encontrado un nuevo mensaje: “¿Por qué no me contestas Peti, acaso ya me has olvidado?”.

“Deberías poner una denuncia en la policía”, le aconsejé.

Nicolás no me contestó.

“Es peligroso. Quién sea que esté dejando los mensajes entra a tu casa sin autorización”. Nicolás seguía sin decir palabra. ¿Nicolás? ¿Por qué estas tan callado?

“Es que…” Balbuceó

“¿No me digas que crees que de verdad puede ser Isabel? ¿Quién es el científico racional, tú o yo?

“Si, tienes razón, pondré la denuncia mañana mismo”.

La policía no podía hacer nada mientras no hubiera pruebas más concretas: la cerradura rota o forzada, algún robo o asalto con violencia. Pero como los mensajes siguieron llegando, Nicolás puso una cámara en su pieza. Lo que sucedió fue aún más extraño: cada vez que aparecía una carta nueva, la cámara no grababa quien la dejaba sobre la cama, sino que mostraba un video con un petirrojo cantando.

“Este psicópata es peligroso. Tienes que hacer algo” le insistí yo, “tenemos que hacer algo”. Como yo era periodista y podía trabajar desde mi casa, me ofrecí a escribir los artículos desde su pieza, para atrapar a la persona que hacía aquella locura que comenzaba a deprimir a mi amigo. Como dije, había perdido a Isabel hace 6 años en un accidente automovilístico y nunca pudo recuperarse. Yo siempre lo invitaba a salir y conocer gente, pero él se negaba.

Durante las dos semanas que pasé en su casa no apareció ningún mensaje ni video. Me ofrecí para quedarme todo el tiempo que fuera necesario, pero Nicolás me pidió que me fuera. Ese día discutimos. Yo le argumentaba que no era posible que rechazara mi ayuda cuando todo había mejorado. Los ojos de mi amigo se ensombrecieron. “Dime la verdad, ¿Por qué quieres que me vaya?, inquirí. “Creo que la extraño”, dijo en un tono muy bajo, “extraño saber de ella… aunque sea de esta forma”. Yo no podía creer lo que me decía y pensaba seguirle discutiendo, pero entonces vi que tenía los ojos húmedos, estaba apunto de ponerse a llorar.

Los días que siguieron, no recibí llamadas de Nicolás e intuí que estaba ocultándome algo. Después de varios Whiskys pude sacarle una confesión:

“He empezado a comunicarme con Isabel”, dijo con la cabeza gacha, algo avergonzado. “Ya sé lo que vas a decirme, pero te aseguro que ni yo mismo que soy tan escéptico y no creo en nada que no tenga una evidencia científica puedo convencerme de lo contrario. Es algo que siento en el corazón… cuando leo sus cartas, sé que es ella”. 

Yo lo miré con la boca abierta. “Pero Nicolás… esto te hace mal, te crea falsas esperanzas, con todo lo que te ha costado olvid…”

“Tengo pruebas”, me interrumpió. Le he preguntado cosas que sólo Isabel y yo podíamos saber y ha contestado todo a la perfección…”. Mientras hablaba sus ojos brillaban intensamente, parecía feliz, y como hacía mucho que no lo veía así decidí seguirle la corriente esa noche.

“¿Qué más te ha dicho?”

“Me ha pedido que me reúna con ella”

“¿Reunirte con ella? ¡¿Dónde?!, le dije. La cosa me sonaba peligrosa otra vez. Nicolás se encogió de hombros. Aún no me lo dicho bien.

“Supongo que no lo estas pensando”, le advertí sin poder aguantar mi tono de alarma.

“No sé… no sé que hacer”.

“Lo que tienes que saber es que no puedes hacer nada sin mi ayuda. Apenas te señale un lugar claro debes contarme. Si quiere ir, no puedo negártelo, pero déjame acompañarte, es por tu seguridad”, le dije y él prometió que me mantendría informado.

Como Nicolás no me llamaba, tenía que hacerlo yo, todos los días si era necesario. Según él, Isabel todavía no le había “vuelto a hablar” sobre su reunión y los mensajes había ido disminuyendo.

Pensé que el que le tomaba el pelo comenzaba a aburrirse de su broma. 

Una noche en que salí con mis amigos del trabajo a tomar un par de copas, volví muy tarde a mi casa. Debían ser más de las 5 de la mañana cuando estuve frente a mi puerta. Había bebido mucho y por mi estado me fue difícil abrir la puerta con las llaves. Me volteé hacia la luz de la calle, para ver mejor y entonces distinguí una figura, un pajarito en la rama de un árbol. Se trataba de un petirrojo. Había visto tantas imágenes en Google desde lo de Nicolas que, pese a mi ebriedad, era imposible que no pudiera reconocerlo. ¿Cómo era que un petirrojo había llegado a este lado del mundo?. Un escalofrío subió por mi espalda cuando el petirrojo comenzó a cantar emitiendo su característico chip-chip metálico y seco. Entré a la casa asustado y luego no recuerdo más.

Desperté en la cama por la mañana. Recordé la noche anterior y el canto del petirrojo, pese al miedo que me causó, había que reconocer que la melodía era hermosa. Llamé a Nicolas para contarle mi aventura, pero nadie contestó. El resto del día fue lo mismo. Al segundo día fui a su casa, pero nadie abrió. Llamé a su madre contándole todo y ella puso una denuncia por desaparición al tercer día.

Han pasado más de 10 años desde que Nicolas desapareció. Nunca se pudo saber nada y la tesis de la policía es que Nicolás escapó en un estado de demencia. Yo todavía no sé qué pensar. Pese a la curioso que era mi amigo, sé que jamás se habría marchado sin decirle nada a nadie. Ya sea en un hospital psiquiátrico o en una rama de un bosque europeo, lo único que espero es que sea feliz.