Por Paulina Flores
19 January, 2016

“No podía comer casi nada a excepción de naranjas, zanahorias o arándanos”.

La infancia es un momento fundamental en la vida de una persona. A veces, pequeños hechos pueden transformarse en experiencia traumáticas que se alojan en nuestra mente para siempre. La siguiente historia nos habla de los miedos que puede llevarnos al borde la locura y nos invita a reflexionar sobre los límites de la realidad.

Todo comenzó cuando tenía 10 años. Yo era una niña callada y tímida y casi no tenía amigos en la escuela. Tampoco destacaba en nada, ni en las notas ni en deportes, pero a pesar de las preocupaciones de mi madre, no era algo que me afligiera, sino todo lo contrario: me gustaba. Si nadie se fijaba en mi yo podía hacer las cosas que más me gustaban tranquila, como recoger flores, piedras y hojas de distintos colores para mi colección, y divertirme inventado historias que luego recreaba en el patio. Pero lamentablemente, todo cambió el día en que la profesora me obligó a tocar flauta frente a todo la clase.

Señorita Jenny, así se llamaba la profesora. Todas las mañanas comía un sandwich con queso, lechuga y tomate de una forma repulsiva. No cerraba la boca al masticar y podías ver toda la comida juntándose en su boca. Los ingredientes del sandwich chorreaban y si se le caía algo al piso volvía a ponerlo dentro del pan sin más. No quiero extenderme más en todas estas imágenes grotescas, pero antes de terminar debo agregar un último detalle: la leche. Cada vez que se atragantaba comiendo su sandwich, bebía leche, haciendo todo más repulsivo porque el líquido blanco tomaba un color bilioso, cuando los ingredientes comenzaban caer en el vaso.

En fin, ese día nos tocaba música y la Señorita Jenny me obligó a tocar frente a todos los alumnos la canción que recién había apuntado en el pentagrama de la pizarra. Estoy más que segura, que la Señorita Jenny no me tenía especial simpatía. Siempre me regañaba por todo, y eso que, como ya he dicho, yo apenas me movía de mi puesto y no conversaba con nadie. Como era de esperar, la canción me salió horrible, y mis compañeros empezaron a burlarse enseguida.

En esa época no se manejaba mucho el término “Bullying”, pero eso fue lo que me ocurrió. Durante todo ese año fui víctima de las burlas y la violencia de mis compañeros. Cuando se acabaron las clases, mi madre me cambió de colegio, pero ya era demasiado tarde. Por el trauma, había desarrollado un extraño complejo. No podía comer ningún alimento que tuviera los colores verde, rojo, amarillo y blanco.

No es que yo no quisiera comerlos, sino que no podía. Si me echaba un pedazo de carne a la boca, lo vomitaba enseguida.

Después de muchos exámenes y tratamientos, el grupo de médicos y psicólogos que me trataba, concluyó que lo que me ocurría era una respuesta que yo misma había creado a nivel inconsciente por mi experiencia en la clase de música con la señorita Jenny. De alguna extraña forma mi mente asociaba el bullying de mis compañeros con el sandwich de la Señorita Jenny. Gracias a mi particular método de alarma mental, mi cuerpo se negaba a digerir cualquier alimento que poseyera los colores del sandwich que la Señorita Jenny devoraba de forma tan desagradable.

Cómo deben imaginar, no podía comer casi nada a excepción de naranjas, zanahorias, arándanos y otros alimentos que no fueran de color verde, el rojo, el amarillo y el blanco.

Mi dieta y la de mi familia, quienes me apoyaban en todo, cambió desde entonces.

Por el lado personal, me volví aún más tímida.

Dejé de asistir a la escuela, por miedo a que mis compañeros me trataran como bicho raro y regresaran las burlas. Si no era para ir al médico, apenas salía de la casa.

Con los años, todo fue peor. Ya no se trataba sólo de la comida: sino los colores en general. No soportaba ver el pasto de mi casa o la pintura roja de los ladrillos y mi madre tuvo que pintar casi todas las cosas de la casa con lilas, azules y naranjas.   

Comencé a ver el mundo a través de una nueva gama de colores, era como si tuviera una especie de de daltonismo. Pero no era divertido ni alegre y comencé a sentirme culpable por la situación.

Tenía 18 años y me odiaba por hacerme daño, a mi y a mi familia.. Ellos habían tenido que cambiar todo su estilo de vida por mi culpa. 

Tras 12 años, decidí que la situación no podía continuar así y me preparé para salir a la calle.

Puse cinta adhesiva sobre los ojos y unos lentes negros encima. Tomé un palo largo y salí fuera de la casa un día en que mis padres no estaban.

Lo más probable es que desde lejos pareciera una persona ciega, porque nadie se me acercaba.

Cuando llegué al centro de la ciudad, respiré profundo y me saqué los lentes y las cintas adhesivas de los ojos. Había leído que la mejor forma de terminar con las adicciones era cortarlas de raíz y pensé que en mi caso también podría servir.

Los primeros segundos que pasé con los ojos abiertos fueron los más duros que he vivido. El corazón comenzó a latirme muy rápido y me puse a llorar como una niña. Ahí estaban el verde del semáforo, la hojas amarillas y las murallas blancas. Las imágenes me daban vuelta muy rápido, los oídos se me taparon y pensé que estaba por desmayarme. Pero de pronto apareció un tipo.

Llevaba lentes y un bastón como yo. Me agarró firme por los hombros y me llevó hasta una escalinata. Hizo que me recostara a lo largo de las escaleras. Él dejó una caja frente a mi y se puso a tocar una canción en flauta. Su melodía me sonó conocida, pero pronto me quedé dormida. Lo último que alcancé a escuchar fue el sonido de las monedas que sonaban en la caja metálica cuando la gente que pasaba las tiraba para el hombre.

Cuando desperté, estaba en el hospital. Mi madre sostenía un tomate en la mano y me sonreía.