Por Paulina Flores
14 January, 2016

“Comencé a llorar. Nunca me han gustado los lugares cerrados y sentía la presión del mal día que había tenido”.

A veces miramos todo lo que nos pasa por un prisma negativo, sin darnos cuenta de que todas las cosas suceden por algo. Los pequeños detalles, ya sea que nos gusten o no, le dan matices a la vida y hacen que no se vuelva tan rutinaria. La siguiente historia  nos invita a aprovechar y agradecer cada momento que nos da la vida:

Ese día las cosas no me habían salido muy bien. En realidad, habían salido pésimo, y desde el comienzo. Como dice la ley de Murphy, si algo puede salir mal, va a salir mal. En la mañana el auto no arrancó porque la batería se quedó sin carga. Como no tenía efectivo, tuve que correr, con mis tacos de 6 centímetros, al cajero más cercano para sacar dinero y tomar un taxi. ¿Qué paso? El cajero estaba fuera de servicio y tuve que correr un par de cuadras más. Para cuando pude tomar un taxi ya era demasiado tarde y, por supuesto, llegué atrasada al trabajo. Lo peor de todo era la ironía de la situación: Yo sin efectivo y llegando a trabajar a un banco. Pensé que el mundo se estaba burlando de mí…

 

La jornada laboral siguió más o menos normal hasta que llamó un cliente reclamando por un cobro del que según él nadie le informó. Estuve más de una hora explicándole la situación y tratando de calmarlo, pero al final terminó pidiéndome que le pasara la llamada a un superior.

 

Ahora… Cierren los ojos e imaginen la peor forma de terminar un día. ¿Lo tienen? Si, el dentista. ¡Nada mejor que terminar la tarde con un reconfortante tratamiento de endododoncia!

 

Por mi atraso en la mañana tuve que quedarme una hora después del trabajo. “Por suerte”, en el dentista dijeron que no había problema de que llegara tarde.

 

Una luz que te encandila, ruidos estridentes y los dedos enormes del dentista entrando en tu boca. Cuando salí de la consulta pensé que lo peor del día era que por fin terminaba, pero lo que no sabía era me quedaba mucho por vivir…. 

 

El dentista quedaba en un piso 10 de un edificio muy alto y cuando iba a atravesar la entrada para irme a casa, me di cuenta de que se me habían quedado mis lentes en la consulta. Suspiré profundo, di media vuelta y subí al ascensor otra vez.

 

El ascensor estaba lleno, pero casi toda la gente bajó en el piso 4, a excepción de un chico muy joven que vestía entero de negro. En realidad, al principio no me había fijado mucho en él, pero estuve obligada a hacerlo ya que pasamos cerca de una hora juntos.

 

Ibamos en el piso 9 cuando las luces del ascensor se apagaron. Yo pegué un gritito y me recluí en uno de las esquinas. El chico me preguntó si estaba bien. “Eso creo”, le dije yo. “No te preocupes”, me dijo, “No debe ser nada”.

 

Estuvimos a oscuras cerca de 5 minutos, claro que en mi desesperación parecieron eternos. El tocó el botón de emergencia e intentaba comunicarse con la recepción pero no había respuesta.

 

Comencé a llorar. Nunca me han gustado los lugares cerrados y sentía la presión del mal día que había tenido. El chico dijo algo muy extraño entonces: “Perdón” escuché que decía la misma voz joven de antes. “Perdóname”. Yo no le respondí nada, y aunque lo encontraba muy extraño, sus palabras me aliviaron.

 

Las luces se prendieron a los pocos segundos. Los 30 minutos siguientes nos mantuvimos cada uno en una esquina, sin decir palabra hasta que el me preguntó por qué estaba llorando al principio. Le respondí que por miedo, pero el insistió y al final tuve que contarle todo mi día. ¿Hay más? volvió a preguntar. No sé por qué pero le dije que si y le conté de mi ex, a quien todavía no podía olvidar.

 

“Siento que no soy feliz y que la vida se me va en cosas que no me importan”, le dije y hasta yo me sorprendí de confesarle algo así.

 

“Está bien que llores”, dijo él. “Pero también es importante que entiendas que nada de lo que te ha pasado es en vano”. “Hablas como un viejo para ser tan joven” le dije. ¿Conoces la historia del hombre de Bogotá? Negué con la cabeza.

 

“El hombre de Bogotá era un hombre colombiano muy rico. Un día lo secuestraron y pidieron más de un millón de dólares por rescate. A la familia no le fue nada fácil conseguir el dinero y tardaron 4 meses. El hombre de Bogotá tenía muchos problemas de salud y los secuestradores tuvieron que mantenerlo en forma hasta que la familia consiguió reunir el dinero: lo alimentaron con frutas y verduras, lo obligaban a hacer ejercicios y empezó a sentirse mal de salud y no bebió ni fumó en todo ese tiempo. Cuando por fin lo liberaron el hombre fue al médico y para su sorpresa el médico le dijo que nunca lo había visto tan bien y que debía dar gracias a los secuestradores”.

 

Yo lo escuchaba con mucha atención. “Esa historia la leí en un libro de una escritora norteamericana, pero ¿Sabes lo que quiere decir?”. 

 

Estaba apunto de contestarle cuando de pronto el ascensor comenzó a funcionar otra vez. Era tal mi felicidad que casi no me olvidé de todo y una vez que estuve en el piso 10 me bajé enseguida. Una vez que el ascensor se cerró me di cuenta de que no me había despedido. Me sentí muy mal porque sus palabras de verdad me estaban ayudando y yo ni siquiera sabía su nombre.

 

Decidí esperarlo abajo del edificio para agradecerle. En la entrada había una ambulancia y un grupo de gente alrededor. Todos se llevaban las manos a la boca, afligidos. Cuando le pregunté a un señor que pasaba, me dijo que un chico se había suicidado. Sentí que mi corazón se contraía. Me acerqué a mirar y lo vi, ahí estaba el chico con el que hace poco había tenido una conversación tan profunda.

 

También me llevé una mano a la boca ¿Pero cómo? dije y parece que lo grité porque una señora me respondió: “Estuvo como una hora allá arriba. Nadie pudo convencerlo de que no lo hiciera y entonces se tiró”.

 

¡Pero si yo estuve con el hace 10 minutos!, le grite a la señora

 

¿Qué?, pregunto ella asustada y se alejó.

 

No lo podía creer. La policía me confirmó lo que dijo la señora y agregó que justo después de que se suicidó, el edificio tuvo un corte de electricidad.

 

Todavía no encuentro una explicación, pero sí sé algo: La historia que me contó ese chico cambió mi vida y, desde entonces, cada vez que tengo un problema pienso en el hombre de Bogotá, la historia que tal vez él necesitaba escuchar.

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