Por Paulina Flores
27 enero, 2016

“Desconecté todo y me levanté asustada, corrí por los pasillos para buscar a Julian. Unos enfermeros me atraparon y me llevaron a la cama”.

La Teoría de Cisne Negro se refiere a eventos inesperados de gran magnitud y consecuencia. Fue desarrollada por Nassim Nicholas Taleb para explicar el alto impacto que pueden producir eventos extraños que están fuera del ámbito de las expectativas normales de la historia, la ciencia, las finanzas y la tecnología. La siguiente historia no afectó al mundo entero, pero si que significó un reto para su protagonista:

Yo lo tenía todo. Una carrera musical como pianista clásica, un novio que me amaba y una familia incondicional, pero en un segundo, se disolvióDesde pequeña que me gustó la música. Mi papá, tocaba guitarra para mi y me emocionaba con la melodía hasta las lágrimas. Cuando tenía 12, les supliqué a mis padres que me inscribieran en clases de piano y con mucho esfuerzo juntaron dinero para comprar un teclado y contratar a una profesora. En la primera clase me di cuenta que había nacido para ser pianista, pero pocos días después sufrí un accidente junto a mi madre. El bus en el que viajábamos chocó y desperté en el hospital con la muñeca rota.

Por un momento, pensé que con la muñeca fracturada, mi sueño de convertirme en una concertista profesional y famosa se iban a la basura, pero no me dejé decaer y puse mucho esfuerzo en la terapia de kinesiología. Practiqué las canciones que ya me sabía en el teclado y fui buscando más por internet. A las semanas, ya había vuelto al mismo nivel en que estaba antes del accidente, y mis padres volvieron a contratar a la profesora.

Ella me advirtió que con lo de la fractura, mi muñeca nunca volvería a ser la misma, y yo le respondí que así era mejor: “Mi muñeca puede parecer más débil, pero sólo en apariencia, porque la verdad es que después de haber salido adelante pese al accidente, ahora es aún más fuerte”.

Comencé con clases 2 veces a la semana, y luego pasé a 4. El resto del tiempo me dedicaba a ensayar las partituras. A los 13 años, la misma profesora le recomendó a mis padres que me intentaran matricularme en un conservatorio. Nuevamente era caro, pero pude conseguir una beca luego de la prueba de admisión.

A los 16 años di mi primer concierto: las sonatas de Mozart.

A los 19 gané el Concurso Internacional de Piano Franz Liszt. El premio me permitió estudiar en el Conservatorio de Ginebra y tuve irme a vivir a Suiza.

La música era lo más importante en mi vida. Cuando tocaba piano sentía como marejadas dentro de mi cuerpo, olas que crecían y explotaban con otras: me hacía sentir viva. Pero por otro lado, tantas horas de práctica me habían alejado del mundo y había perdido la capacidad de conocer gente. Prácticamente no tenía amigos y la única gente a la que conocía se movía dentro del mundo de la música.

Tampoco es que sufriera tanto por el asunto, pero cada vez que iba a ver a mis padres siempre me insistían en que tuviera un novio o saliera con amigas.

Yo les intentaba explicar que no era fácil, pero ellos insistían e insistían. Un día el tema terminó por enojarme y les expliqué que mi único objetivo en la vida era ser la mejor pianista. Que la felicidad no sólo la traían los hombres…

Mi mamá me pidió disculpas: “Pero no es bueno que te obsesiones tanto con esas ideas de éxito y perfección.  Nadie es perfecto, y la vida da muchas vueltas. Tu deberías saberlo muy bien, pues lo viviste en carne propia con tu fractura en la mano. Recuerda que lo importante no es cuán bien toques, sino cuanto corazón pongas en la música”.

Sus palabras me emocionaron y supe que tenía razón. Pero también sabía que habían pasado muchos años y que me sería muy difícil volverme sociable de la noche a la mañana.

Unos años mas tarde, cuando ya había abandonado cualquier esperanza de enamorarme conocí a Julian. Yo estaba de gira por Austria, y en una comida con los embajadores de mi país natal me lo presentaron. Era muy distinguido y aunque no tocaba ningún instrumento amaba la música clásica tanto como yo. Era economista, pero se encontraba en Viena estudiando un magister en sociología.

Nos enamoramos enseguida, y vivimos un corto e intenso romance esas semanas que estuve en Austria. Cuando me fui, prometimos que nos volveríamos a encontrar y en menos de dos años, él estaba viviendo junto a mi en Suiza.

Mi madre era la más feliz y viajábamos a visitarla constantemente. Fue en uno de esos viajes en donde tuve mi segundo accidente.

Lo último que recuerdo fue ir junto Julian en el avión, tomados de la mano. En un momento sobrevolamos el mar y yo le señalé los puntitos blancos en el agua azul.

-¿Ves esos puntitos que parecen estrellas tintineando y luego desaparecen?- le dije- Es la espuma blanca que forman las olas cuando chocan entre sí. Así me siento yo cuando toco piano…

Julian me besó y me quedé dormida entre sus brazos.

Desperté con las alarmas del avión. El capitán dijo por altoparlante que tendríamos que hacer un aterrizaje de emergencia y todos los pasajeros comenzaron a gritar. Julian me miró a los ojos y me dijo que no me preocupara, que todo iba a salir bien. Nos pusimos los chalecos salvavidas que estaban debajo de los asientos y nos abrazamos. Luego, ya no recuerdo más. 

Desperté en un hospital. Estaba sola y sentí pánico de estar conectada a miles de cables y máquinas. Desconecté todo y me levanté asustada, corrí por los pasillos para buscar a Julian. Unos enfermeros me atraparon y me llevaron a la cama, mi mamá llegó a los pocos minutos.

Se veía muy joven y más alta. Enseguida le pregunté por Julian.

-¿Qué Julian?- preguntó extrañada.

-Julian, mi novio- le dije desesperada- veníamos juntos en el avión.

-¿Qué avión?- preguntó ella aún más extrañada y miró a los enfermeros asustada.

– ¡El avión que tomamos para venir a verte mamá!- le grite- ¡Veníamos de Suiza! ¿Qué pasa? ¿Alguien puede explicarme dónde está Julian?

Mi madre comenzó a llorar.

-Es que no sé de que me hablas mi niña. No sé nada de ese Julian, ni de aviones ni de Suiza. Sólo se que veníamos en el bus a la casa y tuvimos un accidente. A mi no me pasó nada, pero tu… ay, mi niña

-¡¿Qué?!- grité yo. ¿El accidente en el bus? ¡Pero si eso ocurrió cuando yo tenía 12 años, mamá!

-¡Pero si tienes 12 años!- dijo ella entre lágrimas- Sólo han pasado 2 meses desde el accidente hija. Todo este tiempo has estado en coma y gracias a Dios has despertado.

En ese momento se abalanzó a abrazarme.

Yo no entendía nada, estaba en estado de shock. La realidad me golpeaba en la cara: todo había sido un sueño, un bello sueño, y por suerte ahora tenía toda una vida para cumplirlo.

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