Por Paulina Flores
21 January, 2016

“Sólo ahora entiendo que se trataba de un presentimiento de lo que estaba por venir…”

Mentir es una de las acciones humanas que más dolor pueden causar a las personas, pero muchas veces no nacen de malas intenciones, sino todo lo contrario. La siguiente historia habla de la familia, de los engaños, de la irá y de los virales de las redes sociales…

Estaba probándome un jeans cuando me lo ofrecieron. Debo reconocer que fue una situación bastante incómoda: mientras salí a desfilarle a mi novia, se me acercó un tipo y me preguntó si nunca había pensado en ser modelo. “No es algo que me interese”, le dije cortante, pero de todas formas me pasó su tarjeta y dijo que si cambiaba de opinión lo llamara. A la salida, mi novia dijo que no estaba mal conseguir dinero extra, sobre todo pensando en las vacaciones. ¿Qué tan difícil puede ser?, dijo para convencerme. Yo tenía mis dudas, aunque entonces no sabía por qué. Sólo ahora entiendo que se trataba de un presentimiento de lo que estaba por venir…

Cuando me decidí y le conté a mi mamá que me sacarían unas fotos para publicidad, ella se mostró extrañamente molesta. Dijo que yo no estaba para esas cosas. Yo le hablé del dineral que me iban a pagar, pero eso pareció enfurecerla aún más. “No sabía que había criado a un hijo tan superficial”. Le pregunté porque me decía eso tan hiriente, y ella bajó la mirada: “Me da miedo que te veas muy expuesto”.

Entonces no entendí sus temores y me reí diciendo: “Sólo se trata de unas cuantas fotos, no es que vaya a transformarme en Brad Pitt…”.

Lo pasé bastante bien en la sesión, y al parecer demostré talento, porque el dueño de la productora me ofreció dos trabajos más. Uno de ellos se trataba de una campaña publicitaria de Shampoos para todo el país.

La primera vez que me vi en la televisión casi no me reconocí y me pareció muy divertido. Mi mamá y mi papá me preguntaron qué era lo me parecía tan gracioso. Yo le respondí que me daba risa que me viera tan diferente a la vida real. “¿Cómo que diferente?”, preguntó mi padre.

¡Eres tú. Cualquiera se daría cuenta! agregó mi mamá y salió corriendo hacia su pieza.

Entonces, no entendía la reacción de mis padres,  pero de haber sabido qué ocurría realmente, tampoco habría pensado que era probable. De hecho, todavía no lo creo, pero sucedió.

Con el dinero que gané con las sesiones de fotos y el comercial, pagué unas vacaciones con todos los lujos, algo a lo que a mis 20 años no estaba nada acostumbrado. Lo pasamos de maravilla junto a mi novia, pero una vez que volvía a casa y pasó todo lo que pasó, lo primero que pensé fue que hubiera preferido no haber tenido vacaciones, si de eso dependía que yo no me enterara de nada. 

Ocurrió un par de días después de volver de la costa. Iba entrando a la casa cuando sentí que alguien me tocaba la espalda para llamar mi atención. Al darme vuelta encontré a una mujer y un hombre de unos cuarenta y tantos años.

“¡Hola!”, les dije yo extrañamente animado.

“Hola” dijeron ellos y se quedaron callados largo rato.

“¿Buscan a alguien pregunté? Mi mamá está adentro”, les dije.

“No, te buscamos a ti” dijo la mujer bajando la cabeza, “Te vimos en la televisión…”

Yo me reía algo avergonzado, no entendía nada.

Te hemos buscado durante años…” agregó la mujer subiendo la cabeza. Tenía los ojos llorosos. Cuando nuestras miradas coincidieron, sentí una punzada en el corazón.

Les propuse que pasáramos a la casa, pero ellos insistieron en ir a un café.

Caminamos en silencio hasta el café y así seguimos un par de minutos más hasta que yo dije: “Qué pasa? ¿Por qué tanto misterio?”.

El hombre tomó la mano de la mujer entre las suyas y dijo:

“Bueno, yo voy a hablar. Mejor decirlo de una sola vez sin tantos rodeos. Como dijo mi mujer, te hemos estado buscando durante mucho tiempo… Para nosotros el camino recorrido ha sido doloroso, y puede que ahora lo sea aún más, pero necesitamos decirte la verdad, nuestra verdad: Tú eres nuestro hijo biológico”.

Solté una carcajada tan fuerte que llamé la atención de toda la gente del café, pero en mi interior sentí que el estómago se me revolvía.

“Es la verdad” dijo la mujer. Yo sentí que comenzaba a marearme y les dije:

“Me van a disculpar pero no estoy para ridiculeces”.

“Pero hijo, déjanos explicarte…” dijo la mujer, estaba llorando otra vez.

Dejé un billete para pagar mi café encima de la mesa y salí muy rápido.

Cuando llegué a mi casa estaba muy agitado. Fui a la pieza de mi madre y me tiré en la cama. “No vas a creer lo que me acaba de pasar, dos chiflados me pararon a la entrada de la casa, me llevaron a un café y me dijeron que eran mis padres biológicos”, le dije con risas nerviosas.

Ella se quedó en un silencio sepulcral.

Me levanté y la miré fijo. Se tapaba la cara con las manos y sollozaba. “¿Mamá…?”

“Hijo, discúlpame por todos estos años de engaño”, suplicó.

“¡¿Qué?!”, le grité yo mientras me paraba con un brinco, como un gato a la defensiva.

“Lo siento, lo siento, lo siento…” decía ella entre lágrimas.

Yo le agarré las manos y le hablé directo a la cara: “¿Qué es lo que sientes? ¡Dímelo ya!”

“Lo que te dijeron esas personas es verdad. Tu eres no eres mi hijo biológico.”

“¿Cómo?”, dije yo soltándole los brazos y dando media vuelta.

“Por eso no quería que te sacaras las fotos, sabía que ellos te verían y te reconocerían…”

“¿Qué dices, maldita sea? ¿Que esto es culpa de las fotos y no de tus mentiras? Le di un golpe a la pared y salí enfurecido de la pieza.

Fui directo a mi pieza, me puse una polerón negro con capucha, guardé un cuchillo de la cocina en un bolso y salí de la casa.

Cuando mi madre vio que sacaba el cuchillo, comenzó a gritar: “Qué vas a hacer hijo, qué vas a hacer”. Ni se lo imaginaba…

Pese a que le había dicho a mi madre que la culpa era sólo suya, lo cierto es que yo también sentí un odio profundo hacia esa sesión de fotos.

Estaba en una especie de delirio, de ataque de ira y pánico y no me daba cuenta de lo que hacía. Lo único que quería era dañar al responsable de toda mi confusión y dolor, y eso fue justamente lo que hice: visité cada uno de los lugares en donde yo sabía que estaba mis fotos publicitarias y les saqué la cara con el cuchillo.

La gente me miraba con miedo y horror. Gritaban que estaba loco y que llamaran a la policía. El quinto cartel que apuñalé estaba en una estación de buses y la policía llegó poco después de que me descabezara.

Me encerraron en el calabozo y por la noche llegaron mis padres a  visitarse. Iban acompañados de mis padres biológicos.

Mi padre me explicó que entendían mi dolor, pero que no podía evitar la verdad como había hecho ella durante 20 años. Yo ya estaba más tranquilo y los escuché. La señora que era mi madre biológica habló. Dijo que cuando quedó embarazada tenía unos 20 años, que eran muy pobres y que con los dos hijos que tenían, les resultaba imposible criar a otro hijo más.

“Fue una decisión difícil que nos partió el corazón, pero las madres a veces tenemos que tomar decisiones desgarradores por el bien de nuestros hijos…”.

Mi madre corroboró todo lo que ellos dijeron, y me contó que los conoció por intermedio de una fundación de monjas.

Yo comencé a hacer muchas conexiones en mi mente. Muchas cosas que antes no tenían sentido, como lo poco que me parecía a mis padres, ahora por fin encajaban”.

Mi padre biológico explicó que todos esos años habían pensado en mí, pero que no se había contactado por respeto a mi madre: “Pensamos que sólo te haríamos daño contándote la verdad y que te sentirías avergonzado de nuestra pobreza. Pero… cuando te vimos en esa publicidad supimos enseguida que eras nuestro hijo, lo sentimos en el corazón, y no pudimos resistirnos, teníamos que conocerte…”

Los cuatro me pidieron perdón, y yo les dije que necesitaba estar solo.

Esa noche en el calabazo no cerré un ojo, y al otro día me reuní con ellos. “No tengo nada que perdonar, todo las cosas que hicieron, a pesar de que me dañaron las hicieron pensando en mi, en mi bienestar”.  

Todo quedó arreglado, pero por supuesto, enseguida comenzaron a circular videos míos en la red: el loco demente destruyendo carteles publicitarios se transformó en un viral, y por eso decidí contar mi historia. No es que quiera justificar mi acción, pero quizás si pueda ayudar a que la gente comprenda gráficamente lo que se siente que te engañen tanto tiempo, y que al final, todo se puede arreglar…