Por Paulina Flores
13 January, 2016

“Estaba en estado de shock, todo lo que creía que me unía mágicamente a Kate era mentira”.

Las cosas no son siempre lo que parecen, día a día nos decepcionamos de pequeñas situaciones: las fotos de la hamburguesa en el menú, el vestido que encargamos desde China, los políticos corruptos… Claro que si se tarta del amor de tu vida,  el desengaño puede ser algo más que doloroso. La siguiente es una historia de amor y engaño, en donde las mentiras sorprenderán no sólo a su protagonista.

 

Cuando conocí a Kate, mi esposa, yo sólo tenía 20 años. Pasaba por un momento difícil: mi padre había fallecido hace menos de un año, y yo, que no  lo podía superar, abandoné mi carrera de Biología Marina. Él también era biólogo marino y murió de un ataque al corazón mientras buceaba, que era una de las cosas que más amaba hacer en la vida. Los médicos le habían advertido que no podía seguir practicando su hobby a su edad. Tenía 60 años. Yo era el menor de mis hermanos y como ellos ya no vivían en casa cuando nací, me uní mucho a mi padre. 

 

Nada podía sacarme de la depresión. Entonces, preocupada, mi madre me inscribió, sin preguntarme, en un curso terapéutico de superación personal. Me suplicó que asistiera y, como tampoco quería verla triste, no me quedó otra que participar.

 

El curso se impartía todos los fines de semana y duraba alrededor de 6 meses. Se llamaba “Bendito dolor” y era de esos típicos cursos hippies, lleno de rituales y sesiones en que la gente se cuenta sus historias para consolarse y darse fuerza mutuamente. En un comienzo a mi me parecía todo ridículo, y me no me gustaba tener que levantarme a las 5 de la mañana para tener sesiones de yoga en grupo.

 

Eramos 30 alumnos, pero nos dividían en “familias” de a 6. Kate, quedó en mi familia y desde el principio nos llevamos muy bien. Ella tampoco estaba muy cómoda en el curso. “Mi mamá me obligó”, fue una de las primeras cosas que me dijo. “A mi también”, le respondí yo abriendo muchos los ojos. Kate era bajita, de pelo corto y muy graciosa. Como nos obligaban a pasar mucho tiempo juntos, nos hicimos muy cercanos, y cuando sonreía mostrando sus paletas separadas, mi corazón no se sentía tan apenado.

 

Por la mitad del curso, tuvimos una sesión muy intensa. Ese día teníamos que contar al grupo por qué estábamos allí.  Yo me había negado porque sentía que todavía no estaba preparado. Kate tampoco había contado sus motivos, pero esa vez fue la primera en hablar.

 

Comenzó diciendo que era la menor de sus hermanos, porque sus padres eran ya muy viejos cuando la tuvieron. Después dijo que por esa misma razón siempre había sido muy unido a sus padres, sobre todo de su padre, que era pianista como ella. Yo la miraba incrédulo y casi di un salto cuando contó que su padre había muerto de un ataque al corazón hace menos de un año y que por la pena, ella había dejado los estudios.

 

No lo podía creer, ¡¿Cómo podían ser tan parecidas dos historias?! Me emocioné y sentí la confianza necesaria para contar mi propia historia.

 

Desde esa día que me sentí particularmente unido a Kate y poco después de que terminó el curso, que al final me ayudó mucho a superar la perdida del mi padre, nos convertimos en novios. Volví a estudiar y nunca más me sentí solo junto a Kate. A los poco años nos casamos. Casi todos lo alumnos del taller de ayuda, con quien mantuvimos el contacto, asistieron a la boda.

 

Nuestro matrimonio fue una bendición y nunca tuvimos problemas. Excepto cuando discutíamos, porque Kate se negaba a presentarme a su madre, ni a nadie de su familia. Al principio la excusa era que vivían muy lejos, luego que estaban peleados. Cuando nació nuestro primer hijo la di un ultimátum y le dije que no era posible que la abuela y nieta no se conocieran.

 

Fue entonces cuando Kate me contó la verdad: no tenía madre ni familia. Se había criado en un centro de niños huérfanos, y todo lo que dijo en el taller era mentira. Doce años después de aquella sesión, volvía a mirarla atónito. Pero lo hice por ti, me dijo entre lágrimas. “Yo ya te quería y deseaba ayudarte a que contaras tu historia al grupo para que te sintieras mejor”. ¿Pero cómo fue que ambas historias coincidieron tanto?, le pregunté yo. “Me lo contó tu madre. El día en que te fue a inscribir, yo estaba ahí y me contó todo. En ese entonces yo tenía el pelo largo y rubio, así que cuando me presentante como tu novia, ella no me reconoció”.

 

Estaba en estado de shock, todo lo que creía que me unía mágicamente a Kate era mentira. Pensé que la vida se reía de mi otra vez y, por un segundo, estuve a punto de irme de la casa. Pero entonces vi a mi pequeña hija, Kate la sostenía tiernamente entre sus brazos y me di cuenta de que nada tenía importancia. Kate me había mentido en un comienzo, pero nuestro amor era verdadero. Había sacrificado contar su propia historia de dolor y abandono por ayudarme ¿Quizás fuera algo extraño, pero qué amor no lo es?