Por Paulina Flores
27 enero, 2016

“Volvió a pegarme una cachetada porque según él no lo escuchaba. El golpe fue tan fuerte que me rompió la nariz y comencé a sangrar”.

Las redes sociales han revolucionado la forma en que nos comunicamos. Facebook, Twitter, Instagram hacen que nos sintamos más cerca el uno del otro,  pero moverse por las redes sociales no es fácil y a veces puede generar conflictos innecesarios. La siguiente historia habla de redes sociales, de violencia y de las amistades que los superan todo.

Siempre critiqué a la gente que usaba Facebook como diario de vida. Cada vez que alguien manifestaba lo feliz o infeliz que se sentía por la red social, yo lo encontraba patético y lo sentía como una ofensa personal. Eliminé a varios amigos de la red por lo mismo e incluso estuve a punto de cerrar mi propia cuenta. Antes me creía una sabelotodo, pero lo cierto es que no sabía nada. Perdí amigos y tiempo valioso catalogando y criticando a las personas. Antes no lo sabía, y sólo los los golpes de la vida hicieron que terminara por aprenderlo.

Además de dejar de seguir por Facebook a amigos que ventilaban sus acciones y sentimientos, entraba en discusiones con ellos. No sé de dónde sacaba la desfachatez, pero me era capaz de gastar horas burlándome de post que me parecían “ridículos”. Gracias a actitudes como esa es que mis amigos fueron disminuyendo en número: no era sólo yo quien los eliminaba, sino que también ellos preferían no tenerme en su muro.

Con Lisa se me pasó la mano. Éramos amigas desde el colegio, y solíamos bromearnos si tapujos, pero un día sin darme cuenta se me pasó la mano. Su novio se había ido a estudiar de intercambio a Australia, y ella estaba tan triste por Facebook que escribió: “No sabes cuánto te extraño y lo que duele que no estés aquí”. Yo me topé con su estado al voleo y sin tapujos escribí el siguiente comentario: “Publicarlo no va a cambiar las cosas”. Lisa me contestó una pesadez y yo le seguía la discusión. Al final me mandó un mensaje interno, preguntándome por qué la trataba así. Yo le dije que encontraba patético que publicara cosas como esa en su muro.

“¿Cómo me puedes decir algo así? Se supone que eres mi amiga y deberías ayudarme”, escribió Lisa.

“Porque soy tu amiga, te lo digo. Sólo un amigo de verdad es capaz de decir las cosas de frente”, le contesté yo.

“No puedo entenderlo. Si de verdad piensas que puedes ayudarme diciéndome algo así, deberías hacerlo en privado no a la vista de todo el mundo. Estoy triste de verdad y tu más encima me insultas. Siempre te defendí con los demás pero ahora comienzo a entender por qué te eliminaron de Facebook”, siguió diciendo Lisa.

Yo era muy inmadura por entonces y sus palabras me produjeron tanta rabia que le dije: “Tal vez deberías hacer lo mismo y eliminarme de tus amigos”. Lisa me respondió que no siguiera agrandando las cosas. Pero a mi me sonó a que me estaba tratando de exagerada y le dije: “Sabes que más, yo misma te voy a eliminar. Adiós”.

La borré de Facebook y desde entonces que dejamos de tener todo tipo de comunicación.

Como deben sospechar, mi actitud hizo que me quedara bastante sola, y llegado cierto punto casi no tenía ningún amigo real, sólo conocidos. Hice como que no me importaba mucho y me convencí de que tener menos amigos debía ser un síntoma de la adultez.

Llevaba varios fines de semana sin salir y un día decidí ir sola a un bar.

Después de un par de copas se me acercó un tipo que dijo que se llamaba Emanuel. Preguntó muy cortésmente si se podía sentar junto a mi en la barra y me invitó una cerveza. Nos reímos toda la noche y quedamos de salir otro día.

A las pocas semanas ya estaba en una relación con Emanuel. No sabía muchas cosas de él porque era muy reservado, pero eso era justamente lo que más me gustaba de su personalidad.

Un día salí a un bar sola. Me gustaba estar conmigo misma y necesitaba una copa. A eso de las 12 recibí una llamada de Emanuel. Se alteró mucho cuando le conté que estaba en el bar y me dijo que quería verme ya mismo. Me extrañó su actitud, pero accedí.

Pasó a buscarme a las afueras del bar y me llevó a su casa. Una vez en su pieza, comenzó a pedirme a gritos explicaciones por mi actitud. Yo no entendía a qué se refería y así se lo dije. 

Él me miró con ira y antes de responderme me pegó una bofetada. Yo quedé en estado de shock, no podía creerlo, nadie nunca me había golpeado y que lo hiciera él parecía irreal. 

Siguió hablando como si nada y yo me quedé parada sin poder hacer nada.

Volvió a pegarme una cachetada porque según él no lo escuchaba. El golpe fue tan fuerte que me rompió la nariz y comencé a sangrar. Ver el liquido rojo en mi mano hizo que despertara y comencé a gritar por ayuda. Entonces se me tiró encima y comenzó a ahorcarme. 

Si no hubiese sido por el compañero de piso de Emanuel, que se despertó con el ruido, quizás no podría contar todo esto. 

Después de verme liberada de sus manos, salí corriendo de la pieza y de la casa. Estaba tan asustada que ni siquiera me atreví a tomar un taxi, corrí hasta llegar a mi casa.

Al día siguiente me sentía pésimo. No podía creer que algo así me pasara a mi. Lo peor es que no podía contárselo a nadie porque había alejado a todos mis amigos. Me sentí miserable y sin saber qué más hacer, abrí mi Facebook y conté todo lo que me había pasado la noche anterior.

Al contar mi experiencia, me desahogué, pero además fue como gritar por ayuda. Las primeras dos horas nadie comentó ni puso me gusta a mi estado. Entonces reflexioné y me di cuenta de lo importante que era a veces compartir tus sentimientos y supe lo injusta que había sido en el pasado. Pero darme cuenta de lo sola que estaba sólo hizo que me sintiera terrible.

Me acosté a llorar en la cama y justo cuando estaba en el peor momento de mi tragedia, mi celular comenzó a sonar. Era Lisa, me preguntó cómo estaba y me dijo que iba a verme enseguida.

“¿Cómo te enteraste?”, le dije, “si te borré de Facebook”

“Si, me borraste, pero yo he seguido viendo tu perfil desde entonces y como tú eres muy burra con las tecnologías no tienes bloqueado tu perfil y todo lo que publicas lo puede ver cualquiera”, dijo entre risas.

“Amiga…”, dije yo emocionada.

“Ya, salgo para allá enseguida” dijo Lisa y en menos de una hora estaba a mi lado.

Le perdí perdón por comportarme tan mal cuando ella me necesitó y ella me dijo que lo importante es que volvíamos a ser amigas.

Si escribo este post ahora es por Lisa y todas las personas a quienes ofendí. Quiero reconocer mi error, mis prejuicios y disculparme con todos mis amigos. Espero algún día volvamos a compartir nuestros estados… 

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