Por Colaboradores
8 May, 2015

Una visión personal sobre la equidad de género.

Cuando busco la definición de feminista en el diccionario, éste me señala que es la “Tendencia a aumentar los derechos sociales y políticos de la mujer”, sin embargo, culturalmente, esta característica se le atribuye sólo a las mujeres que luchan por sus derechos de una forma más “escandalosa”, por decirlo de alguna manera. Si un hombre llegara a adoptar el papel de feminista sería visto inmediatamente como un homosexual, o que está luchando por defender los derechos de su mujer interior o algo que de seguro sería ridiculizado.

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Creo que es necesario reevaluar el concepto, sobre todo en este tiempo de grandes transformaciones, porque la presión social a veces pesa más sobre nosotros que nuestro deseo de hacer las cosas bien o de expresar lo que de verdad pensamos. Es cierto que quien no se atreve a defender sus ideas es un cobarde, pero también hay que dar la oportunidad de que cada persona entienda la importancia de la transparencia por sí mismo, y desde ahí dejar que se desarrolle y logre comunicar eso que guarda. Mi intento aquí es unirme a esa causa y servir de apoyo a quienes todavía no dan el paso.

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Uno de los temas que me parece grave y que debe ser tratado cuanto antes, es el concepto que se tiene sobre que el hombre está destinado a la libertad y la mujer al compromiso. Porque si una mujer se acuesta con diez hombres en un mes es una mujer fácil, pero si un hombre se acuesta con veinte es un héroe. Y si en un matrimonio el hombre es infiel es algo comprensible, pero si una mujer llega a cometer el mismo acto es considerado inexplicable. Tenemos ante la misma situación dos visiones radicalmente distintas, y a pesar de que muchas veces nos sentimos orgullosos de nuestra capacidad de discernir lo bueno de lo malo, en estos casos la opinión que impera es la conservadora.

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Hoy en día se está muy consciente del menosprecio que se tiene hacia la mujer en términos laborales, gobiernos como el de Colombia han incluido en su legislación ciertas cuotas obligatorias de mujeres para determinados puestos políticos o institucionales. Esto puede ser visto como un avance, pero no deja de ser triste que una ley ordene que se debe considerar al género femenino, en vez de que las mismas personas que eligen a sus trabajadores tengan la apertura mental de poder discriminar con un juicio claro las virtudes de cada postulante.

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Lo que digo apunta a una idea central: que el género no debería establecer normas de conductas, asignar colores o actividades a desarrollar; el género debe ser resignificado como aquel medio que nos lleva a descubrirnos como somos y a compartir ese ser con los demás. Pienso que ser parte del género masculino en tiempos de feminismo implica que si la mujer hoy en día es exitosa no es sinónimo de rivalidad, pues no debemos seguir viviendo en una lucha o competencia de géneros, somos iguales profesionalmente hablando, no somos una especie diferente con objetivo de dominación sobre la otra, somos un mismo ser que por motivos de reproducción se hizo de manera diferenciada.

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Ahora más que nunca tenemos de nuestra mano la razón y la educación para acabar con esa brecha. El feminismo es la herramienta, el medio para lograrlo, porque quien sigue esa causa no es una mujer dominada por un inconformismo infantil, ni tampoco un hombre con su sexualidad ambigua, sino seres humanos inteligentes y empáticos con grandes anhelos de justicia.

¿Qué crees tú?