Alykozak tenía 10 años cuando el osteosarcoma le arrebató parte de la pierna.

Los médicos le colocaron una endoprótesis expandible, pensada para crecer junto a ella, pero el hueso nuevo no vino con instrucciones para el dolor.
Vinieron meses de quimioterapia, un cuerpo debilitado hasta los huesos y una meta que parecía imposible: simplemente doblar la rodilla artificial y sostenerse de pie otra vez.


Diez años más tarde volvió al mismo pasillo del hospital, pero esta vez no había prisa ni miedo.
Se presentó a su revisión de rutina con tacones puestos, solo para que su cirujano —el mismo que la vio luchar por cada paso— la viera caminar así.
Ella misma contó que esa sonrisa, con un destello de dientes que nunca antes le había visto, valió más que cualquier resultado de escáner. No fue vanidad.
Fue la prueba silenciosa de que el cuerpo que casi perdió terminó llevándola exactamente a donde quiso volver.
