Ash Soto tenía 12 años cuando vio una mancha en el cuello y pensó que era cosa del sol. Días después le salió otra. Fue al médico con su mamá y el diagnóstico llegó al instante: vitiligo.

Le ofrecieron una crema a base de esteroides que parecía milagrosa y que prometía frenar las manchas.

Según contó, a los seis meses ya las tenía en los codos, en los ojos, en los pies y en el cuello. En casa sus padres atravesaban un divorcio y en el colegio los compañeros de siempre empezaron a tratarla distinto, con un bullying cada vez más fuerte.

Para colmo, siendo latina en Estados Unidos, al perder pigmentación sintió que perdía también la identidad birracial con la que se reconocía: tanto la comunidad blanca como la de color se alejaban de ella. Cambió las coreografías de porrista por la campera de su mamá para esconderse y no quería conocer gente nueva.

Hoy, desde su casa en Orlando, esta joven de 25 años delinea con marcador negro las manchas que durante años tapó con manga larga, y comparte ese proceso en redes.
