Rika Matsuda tenía 7 años cuando le regalaron una bicicleta nueva y corrió a estrenarla en un parque.
Los frenos no respondieron. Se estrelló contra un muro, el pie se le puso morado y tuvo que sentarse, adolorida y sola. Minutos después se le acercó un hombre de unos 20 años. Ella lo recuerda grande, musculoso, de traje, y dudaba si podía confiar en un desconocido. Aun así, él la llevó a una fuente de agua, le ayudó a lavarse la herida y le prestó su teléfono para llamar a su abuelo.
Mientras esperaban, sacó una hoja de su bolso y le enseñó a hacer una grulla de origami. Cuando llegó el abuelo, el hombre los acompañó hasta la casa de la niña. Al despedirse no dijo nada: sonrió y le entregó la grulla.


Ella la guardó en su escritorio y, de vez en cuando, la miraba y recordaba aquella amabilidad. Diez años después, con 17 y ya en secundaria, pensó que quizá el hombre había escrito algo en el papel mientras ella hablaba con su abuelo. Volvió corriendo de la escuela, desdobló la grulla y encontró una expresión japonesa muy conocida: “Hay que atesorar cada encuentro, porque podría no volver a ocurrir.”
Matsuda lo llama su héroe anónimo, y nunca supo su nombre.

