Cuando cae la noche en Lima, Silvia Conde Atunca sale a la calle con una bolsa de dulces.
No vende para ella. Vende para 35 perros y 13 gatos que rescató y que hoy dependen de sus manos.
Unas manos con malformaciones, igual que sus pies. Ninguna de las dos cosas la ha detenido.

Según cuenta ella misma en redes, cada dulce vendido es una comida asegurada para alguno de sus 38 rescatados. Nada más, nada menos.
Su historia, contada en su propio perfil de Facebook, ya reúne a más de 54 mil personas que siguen su labor y a veces se acercan a ayudarla.

No pide limosna. Pide que le compren un dulce.
Cada moneda que recibe se convierte en alimento. Cada animal que come esa noche es, de algún modo, una pequeña victoria suya.
Hay hazañas que se libran en estadios. Otras se ganan noche tras noche, en una esquina, con una bolsa de dulces y 38 razones para no rendirse.

