Iomikoe Johnson tenía 25 años cuando notó dos manchas blancas del tamaño de un guisante en su piel.

Vivía en Texas, era una mujer negra y no entendía qué le pasaba. Pensó que era cáncer. Los médicos le dieron otro diagnóstico: vitiligo, una enfermedad sin cura que iría despigmentando su cuerpo poco a poco. Hoy, a sus 46 años, más del 70% de su piel es blanca. Pero el camino hasta aceptarlo casi la destruye al ver que el color con el que había vivido toda su vida desaparecía sin explicación.

Lo más doloroso no vino de extraños, aunque también los hay: gente que la mira fijamente en la calle, trolls que la comparan con una vaca o un dálmata. Lo que más le pesa son los comentarios de su propia comunidad negra, que la acusa de blanquearse la piel a propósito. “Como personas negras, deberían saber lo que se siente al ser discriminado”, responde ella. Hoy modela y repite algo que aprendió a la fuerza: no hay nadie más en el mundo que se parezca a ella.


