Dave Whitlow deja su teléfono en la puerta antes de entrar.
Tiene 73 años, pasó más de cuatro décadas trabajando en gestión de gobierno local y hoy es abuelo de tres nietos. Pero dos veces por semana, los martes y jueves, se pone bata y guantes y entra a la unidad de cuidados intensivos neonatales del Children’s Hospital of Richmond, en Virginia. Ahí lo esperan los pacientes más pequeños del lugar: bebés que a veces pesan menos de un kilo y luchan por respirar.

En cada visita sostiene entre cinco y ocho bebés. Antes consulta con las enfermeras, mira los monitores y ajusta su forma de sostenerlos para ayudarles a mejorar sus niveles de oxígeno. No hay título médico que lo respalde, solo ocho años de práctica y un propósito que él mismo resume como el mejor trabajo que ha tenido en su vida.
Antes de devolver a cada bebé a su cuna, Dave les susurra siempre el mismo deseo. Nadie fuera de esa sala sabe exactamente qué les dice, pero las enfermeras aseguran que funciona.