Diez horas de viaje. Sacos cerrados, hocicos atados con cuerdas y cables, sin agua ni aire. Así encontraron los activistas a decenas de perros dentro de un camión interceptado en Indonesia, minutos antes de que llegaran a un matadero clandestino.
Algunos ya habían dejado de moverse. Otros temblaban en silencio, apretados unos contra otros como si eso pudiera protegerlos. Y entre tanto sacos, algo rompió a los rescatistas: varios de esos perros todavía llevaban collar. No eran animales callejeros. Eran mascotas robadas de algún patio, de alguna cama, de alguna familia que hoy sigue sin saber qué pasó con ellas.


En el lugar al que se dirigían, según denunciaron organizaciones animalistas, se sacrifica a golpes a unos 30 perros por día para vender su carne. El conductor fue detenido, pero el negocio detrás de estos camiones sigue funcionando en distintas provincias del país, donde la venta de carne canina todavía no está prohibida a nivel nacional. Los perros rescatados ahora empiezan de cero, lejos del terror, esperando una segunda oportunidad que casi no llegó.
