Wang Xing tenía 31 años y pensó que viajaba a Bangkok por un casting de cine.
En vez de eso, hombres armados lo subieron a un auto en el aeropuerto y lo llevaron cruzando la frontera hasta Myawaddy, Myanmar, uno de los centros de fraude cibernético más peligrosos del sudeste asiático. Le raparon la cabeza, no lo dejaban dormir y lo obligaban a entrenarse para estafar gente por internet. Junto a él había al menos 50 personas más encerradas en el mismo edificio, de distintos países.

Su novia hizo un llamado desesperado en redes que se volvió viral con cientos de millones de vistas, y en solo tres días la policía tailandesa lo encontró y lo trajo de vuelta. Pero para miles de familias chinas, esa rapidez dolió: sus propios hijos, hermanos y primos llevan meses o años desaparecidos en los mismos centros, sin que nadie los busque con la misma urgencia. ‘No pueden salvarlo solo porque es famoso’, escribió alguien en redes. Más de 1.200 nombres ya se sumaron a una lista de personas que nadie ha podido traer de vuelta.

