Prichard Colón subió invicto al ring. Dieciséis peleas, doce por nocaut, una medalla panamericana en la vitrina. Tenía 23 años y todo el boxeo puertorriqueño puesto sobre sus hombros.

El 17 de octubre de 2015, en Fairfax, Virginia, enfrentó a Terrel Williams. Durante nueve asaltos recibió golpes de conejo, esos impactos en la nuca que el reglamento prohíbe por su peligro. El árbitro Joe Cooper no detuvo la pelea. Colón cayó dos veces y terminó descalificado por quitarse los guantes, ya sin fuerzas para seguir.
Esa noche fue la última que caminó por sus propios medios. En el camarín vomitó y perdió el conocimiento. Un hematoma subdural lo llevó directo al quirófano. Estuvo 221 días en coma. Cuando despertó, ya no era el mismo: lesiones cerebrales irreversibles lo dejaron en estado vegetativo, después en silla de ruedas, cuidado día y noche por su madre, Nieves. Once años así. Once años en los que el boxeo, tarde pero seguro, aprendió su nombre de otra manera: el Consejo Mundial de Boxeo creó la regla Prichard Colón, que prohíbe expresamente esos golpes que lo destrozaron. En 2021 lo nombró campeón mundial honorario y le entregó un cinturón que nunca pudo levantar con sus manos.

Este jueves, a los 33 años, Prichard Colón murió. Su padre lo escribió con la voz partida: “Lamento informarles la partida de mi hijo Prichard de este mundo terrenal. Ahora está en un mejor mundo”. El CMB lo despidió como lo que siempre fue: “Un verdadero guerrero cuya fuerza, coraje y espíritu de lucha inspiraron a personas alrededor del mundo”.
Descansa, campeón. Ya nadie te puede golpear.
