Jennifer Jaspers había volado sola docenas de veces.

Tiene 52 años, vive en Omaha y esta vez solo quería llegar a Carolina del Norte para celebrar su cumpleaños con su padre y conocer a un primo nuevo. Pero en el mostrador de American Airlines, un empleado le preguntó si podía salir sola de un edificio. La pregunta la tomó por sorpresa y respondió “no lo sé”. Bastó eso para que un supervisor decidiera que necesitaba un asistente de seguridad para viajar.

“Empecé a llorar en el aeropuerto”, contó Jaspers, quien tiene síndrome de Down. Su madre, Cindy Garrett, asegura que nunca hubo un incidente previo y que su hija sabe manejar su teléfono y pedir ayuda si la necesita. La aerolínea se amparó en su política de asistentes de seguridad y ofreció el acompañante sin costo, pero la familia terminó gastando 1.800 dólares para que el padre de Jennifer volara desde Carolina del Norte y pudiera cumplir ese rol.
La directora de la Alianza para el Síndrome de Down cuestionó el criterio usado para decidir quién puede volar solo y quién no.
