Durante años, Alexander Maslich construyó una particular justificación para sus crímenes: decía que perseguía y asesinaba a hombres que habían abusado sexualmente de otras personas. Su historia llegó a presentar una contradicción difícil de imaginar: un asesino serial que afirmaba estar combatiendo a otros criminales terminó protagonizando un episodio de canibalismo dentro de una prisión rusa.

Maslich nació en 1971 y, según sus propios relatos, tuvo una infancia marcada por la violencia y los abusos. Ya adulto, comenzó a presentarse como alguien que quería “limpiar” la sociedad de violadores y pedófilos. Esa narrativa se convirtió en parte central de la imagen que construyó alrededor de sus asesinatos.
Pero la historia dio un giro todavía más oscuro cuando Maslich terminó enfrentando la pena de muerte.

Según la investigación publicada por Infobae, mientras se encontraba encarcelado planeó junto a otro preso una salida desesperada: comerse a un compañero de celda para provocar que las autoridades los consideraran mentalmente inestables y los trasladaran a una clínica psiquiátrica, evitando así la ejecución.
El plan no tenía nada de simbólico. La intención era utilizar un acto de extrema violencia para demostrar que ambos habían perdido la razón y conseguir un cambio en las condiciones de su encarcelamiento.

La historia resulta todavía más perturbadora por la contradicción que encierra. Maslich había construido su identidad criminal alrededor de la idea de que estaba castigando a personas que consideraba monstruosas. Sin embargo, cuando su propia vida estuvo en juego, terminó recurriendo a un acto que lo colocaba frente a una de las formas más extremas de violencia humana.
Su caso también muestra cómo algunos asesinos seriales construyen relatos alrededor de sus propios crímenes para presentarse como algo distinto de lo que son. En el caso de Maslich, esa imagen de supuesto “cazador de depredadores” convivió con una carrera criminal que terminó llevándolo al extremo.
Y quizás lo más inquietante de toda la historia es precisamente esa contradicción: el hombre que decía matar para “combatir el mal” terminó convirtiendo su propia supervivencia en una razón para cruzar otra frontera.
