Alexandrine de Prusia nació en 1915 en lo más alto de la sociedad europea.
Era hija del príncipe Guillermo y de la princesa Cecilia, y desde pequeña se supo que tenía síndrome de Down. En aquel mundo, las discapacidades intelectuales daban tanta vergüenza que hasta las familias aristocráticas apartaban a esos niños de la vida pública. Muchos desaparecían de las fotografías y de los eventos familiares, como si nunca hubieran existido.

Con ella pasó lo contrario. En casa la llamaban “Adini” y creció junto a sus hermanos, con su lugar en cada foto de los Hohenzollern. Cecilia se ocupó de que tuviera una educación a su medida. De adolescente estudió en una escuela especializada en Jena, junto a otros jóvenes con discapacidades.

Su vida tuvo otro giro. Cuando era niña, su abuelo Guillermo II abdicó y la monarquía alemana se vino abajo. Ella creció viendo cómo se desmoronaba el mundo al que había nacido destinada. Pasó buena parte de su vida en Baviera, lejos de la política y de la guerra, y murió en 1980, a los 65 años.

Lo que la hace especial no es solo que fuera una princesa con síndrome de Down. Es que sus padres tenían todos los motivos sociales para esconderla, y la dejaron ser parte de la familia.

