La fama podía seguirla a todas partes, pero había momentos en que Amy solo quería ser una vecina más.
Amy Winehouse podía estar sonando en radios de todo el mundo, aparecer en portadas y ser perseguida por fotógrafos, pero en su vida cotidiana seguía haciendo cosas sorprendentemente normales: salir a comprar comida, buscar el periódico, entrar a pequeñas tiendas o pasar por los mismos lugares que frecuentaba antes de convertirse en una estrella.
Esa rutina era especialmente visible en el barrio donde vivía en Londres, donde muchos comerciantes y vecinos terminaron acostumbrándose a verla aparecer sin grandes comitivas ni despliegues.
Para Amy, esos pequeños hábitos parecían funcionar como una forma de conservar algo propio en medio de una fama que cada vez ocupaba más espacio en su vida.
Mientras para el resto del mundo era Amy Winehouse, en esos momentos todavía podía ser simplemente Amy, saliendo a comprar lo que necesitaba como cualquier otra persona.
