Bai Fangli tenía 74 años cuando decidió que ya había trabajado suficiente. Volvió a su pueblo en Hebei, China, listo para descansar después de toda una vida pedaleando un triciclo por las calles de Tianjin.
Pero encontró algo que no pudo ignorar: niños trabajando el campo porque sus familias no tenían para pagarles la escuela.


Ese día Bai tomó su triciclo de nuevo y regresó a la ciudad. Durmió en un cuarto pequeño cerca de la estación, comió lo mínimo, vistió ropa usada durante los siguientes 18 años.
Cada yuan que ganaba pedaleando bajo el sol o la lluvia iba directo a la educación de niños que nunca conoció en persona.


En 2001, ya con 88 años, llegó por última vez a una escuela secundaria de Tianjin. Entregó su última donación y dijo que ya no podía seguir trabajando.
Murió en 2005, a los 92 años, sin ahorros ni propiedades. Había donado 350.000 yuanes, unos 55.000 dólares, y pagado la escuela de más de 300 niños que hoy tienen una vida distinta gracias a él.
