Nada de restaurantes caros ni cenas a la luz de las velas. Cuando Arnold Schwarzenegger tenía una cita en sus años de fisicoculturista, la llevaba directo a su casa.

Ahí el plan era simple: documentales de culturismo en la tele y, de cena, huevo con arroz. Sin lujos, sin distracciones. Todo giraba en torno a un solo objetivo: convertirse en el mejor del mundo.

Dormir, entrenar y comer proteína era su rutina de vida completa. La disciplina que lo llevó a la cima empezó, literalmente, en su propio comedor.
