
Arturo nació para el hielo. Terminó sus días arrastrándose sobre un piso de cemento pintado de azul, bajo un sol que su cuerpo nunca estuvo hecho para soportar.
Llegó al Zoológico de Mendoza en 1993, con apenas 8 años, y ahí se quedó por siempre. Cuando murió su compañera Pelusa en 2012, se convirtió en el último oso polar de Argentina. Un diario británico lo apodó “el animal más triste del mundo” y esa frase le dio la vuelta al planeta: Greenpeace, activistas y miles de firmas exigieron su traslado a un santuario en Canadá. Mendoza convocó una junta médica en 2014 y decidió que se quedaba, que el viaje lo mataría antes que el calor.


Siguió ahí, refrescado con mangueras y ventiladores, dos años más. El 3 de julio de 2016 su cuerpo finalmente colapsó: perdió el apetito, la vista, el olfato, y una infección le carcomió el hueso de la nariz. Tenía 31 años. Nunca sintió nieve bajo sus patas.

