Aunque a simple vista pueden parecer idénticos, los cerebros de personas con y sin rasgos psicopáticos presentan diferencias en su funcionamiento. Así lo han demostrado distintas investigaciones científicas mediante escáneres que permiten observar la actividad cerebral y las conexiones entre determinadas regiones.
Una de las principales diferencias estudiadas se encuentra en la corteza prefrontal, una región situada detrás de la frente que participa en la regulación de las emociones, el control de los impulsos y la toma de decisiones. También se han identificado alteraciones en la amígdala, una estructura cerebral fundamental para procesar emociones como el miedo o la toma de decisiones.

Uno de los ejemplos más sorprendentes de estas investigaciones ocurrió en 2005, cuando James Fallon, neurocientífico de la Universidad de California en Irvine, examinaba escáneres cerebrales como parte de sus investigaciones sobre el comportamiento violento.
Mientras revisaba las imágenes, encontró un cerebro que mostraba una actividad notablemente reducida en determinadas regiones frontales, especialmente en áreas relacionadas con la regulación emocional y el control de los impulsos.

Lo que Fallon no esperaba era descubrir que aquel cerebro era el suyo.
El investigador había incorporado imágenes de su propia familia a una investigación y, al revisar los resultados sin conocer la identidad de los participantes, reconoció un patrón cerebral que asociaba con la psicopatía. Cuando comprobó a quién pertenecía el escáner, descubrió que estaba observando su propio cerebro.
La sorpresa fue todavía mayor al compararlo con las imágenes de su esposa y sus hijos, que mostraban patrones de actividad diferentes.

Sin embargo, había una contradicción importante: Fallon no era un asesino ni había desarrollado una trayectoria de violencia criminal.
El propio neurocientífico atribuyó parte de esa diferencia a su crianza. Según explicó, había crecido en un entorno familiar afectuoso y estable, algo que consideraba fundamental para comprender por qué su comportamiento había sido distinto al de algunos individuos cuyos cerebros había estudiado.
Su historia plantea una pregunta que los científicos llevan décadas intentando responder: ¿cuánto influye la biología en nuestra personalidad y cuánto depende del ambiente en el que crecemos?
