“En un momento dijo que iba a comerse mi corazón. Se recostó sobre mí y puso su cabeza en mi pecho”
En 1991, Tracy Edwards salió corriendo con una esposa colgando de su muñeca y detuvo a la policía. Tenía 32 años y acababa de huir del apartamento de Jeffrey Dahmer. Ese gesto destapó los crímenes de un hombre que había matado a 17 jóvenes. Dahmer moriría en prisión en 1994, asesinado por otro reo.
Edwards fue visto como un héroe. Sin embargo, 20 años después volvería a los tribunales como culpable.

“No era la misma persona que antes de ser asaltado por Dahmer; la estructura de su rostro cambió”
Después del juicio, Tracy se derrumbó. No buscó ayuda psicológica porque temía recordar lo que pasó y se hundió en las sustancias ilícitas. Fue condenado por al menos tres delitos relacionados con drogas en 1997 y su abogado Paul Ksicinski afirmó que probablemente padeció trastorno de estrés postraumático debido a su experiencia con Dahmer, pero Edwards aún estaba por caer más profundo.
Tracy nunca pudo olvidar el olor nauseabundo del departamento de Dahmer; había estado rodeado sin saberlo de las víctimas, entre cajas y tambores amontonados. Era el mártir; sin embargo, pagaría un precio.

Veinte años más tarde, el 26 de julio de 2011, Tracy, quien terminó viviendo en la calle, ayudó al criminal Timothy Carr a arrojar al río a Johnny Jordan, otro hombre en situación de calle, debido a una discusión sobre el puente de Milwaukee.
Jordan, de 43 años, se ahogó.
Edwards fue apresado y se declaró culpable. Su abogado dijo que nunca dejó de arrastrar a Dahmer: y ahora iba a tener, según sus palabras, otro fantasma para toda la vida.
La jueza Rebecca Dallet le dio la pena máxima posible: un año y medio de prisión. “En sus intentos por ahogar sus penas”, le dijo, “usted convirtió a otras personas en víctimas.”
Edwards solo respondió: “Debí haber hecho más ese día.”
